26/02/2024

El milagro de convertir a un político: las carmelitas de Lisieux y el agnóstico Charles Maurras

Charles Maurras (1868-1952) fue el apasionado político, literato y pensador que impulsó la Action Française (Acción Francesa), un movimiento político monárquico, antiparlamentario y con fuertes elementos de nacionalismo. Maurras fue agnóstico casi toda su vida, y admiraba la filosofía positivista de Auguste Comte, bastante hostil a la religión. A lo largo de casi toda su vida política, no le interesaron las enseñanzas ni doctrinas católicas.

Sin embargo, poco antes de morir se hizo católico. Las carmelitas de Lisieux tuvieron mucho que ver, como se ha constatado recientemente al publicarse las muchas cartas que intercambiaron con el político, presentándole la figura de Santa Teresita y de su madre, Celia Guérin. Esta es su historia, recogida por Jorge Soley en las páginas de la revista Cristiandad, y que reproducimos en ReL. (Lea también: Santa Teresita, especialista en atraer alejados).

Maurras y Lisieux, un camino de conversión

por Jorge Soley

Sobre la condena de Charles Maurras y la Acción Francesa en 1926 por parte de Pío XI se ha escrito muchísimo y podríamos decir que desde casi todos los ángulos y perspectivas. Condena provocada, en última instancia, por la subordinación de la religión a la política que el Papa percibió en Maurras y su movimiento, el más importante e influyente dentro del ámbito de la derecha monárquica y contrarrevolucionaria francesa.

Fue éste un episodio que supuso una enorme conmoción en la Iglesia en Francia y que finalizaría en 1939 con el levantamiento de la condena por parte de Pío XII, cuatro meses después de ser elevado a la cátedra de Pedro. Luego vendría la Segunda Guerra Mundial, la ocupación alemana de Francia, Vichy, la Depuración y, finalmente la muerte de Maurras en 1952. Todo esto es lo que se explica, con mayor o menor detalle y acierto, en los libros de Historia, cuestiones en las que ahora no nos detendremos.

Pero a toda esta historia le falta algo de gran importancia para comprenderla a fondo: el calor de las personas que la vivieron en carne propia, los mil y un detalles que conforman la trastienda de los hechos históricos y que muchas veces aportan inesperadas luces que los iluminan y que incluso pueden llegar a matizar considerablemente los juicios esquemáticos que nacen de un conocimiento no lo suficientemente profundo del modo en que se desarrollaron los hechos y de cómo se comportaron sus protagonistas.

Para colmar este vacío es de enorme utilidad el libro publicado el año pasado en Francia que, bajo el título Un chemin de conversion, trae a la luz pública la correspondencia entre Maurras y el Carmelo de Lisieux entre 1936 y 1952, con el añadido de algunas cartas de amigos de Maurras y de los mismos papas Pío XI y Pío XII.

En la cárcel por amenazar al presidente socialista

La correspondencia, que incorpora una buena dosis de intriga, se inicia en 1936, cuando Charles Maurras está en la prisión de la Santé, en París, condenado por sus amenazas a León Blum [político socialista], presidente en ese momento del gobierno del Frente Popular. Será allí, entre rejas, donde Maurras recibirá, en agosto de 1936, la primera carta de Sor Magdalena de San José.

No se trataba de ninguna desconocida. La madre de Sor Magdalena era Marie-Antoinette Pruvot, escritora que firmaba con el pseudónimo de “Victor Favet” y que había tenido correspondencia con Maurras a partir de los años finales de la Gran Guerra. Las cartas eran llevadas hasta el domicilio parisino de Maurras por una u otra de las dos hijas menores de Pruvot, que de este modo le conocieron en persona. Unos años después ambas iban a entrar en el convento de las carmelitas de Lisieux, tomando los nombres de Sor María del Santísimo Sacramento y Sor Magdalena de San José.

La primera de ellas había consagrado su vocación a la conversión de Maurras y, enferma de tuberculosis, entregaría su alma el 15 de agosto de 1935. En el primer aniversario de su muerte su hermana tuvo la inspiración de escribir a Maurras, dándole noticia del suceso y explicándole el propósito al que había consagrada su vida su fallecida hermana. Una ocasión que la priora, la Madre Inés de Jesús (en el mundo Paulina, hermana mayor de Santa Teresita, a quien ésta llamaba su “madrecita”), considera providencial y no va a desaprovechar.

El Papa pidió al Carmelo orar por el conflicto francés

De hecho, en febrero de 1929, tres años después de la condenación, Pío XI ya había pedido a la Madre Inés que el Carmelo de Lisieux “rece todos los días” para la solución de la cuestión de la Acción Francesa, complicada por la no aceptación por parte de numerosos católicos de las medidas disciplinarias impuestas por el Papa.

La Madre Inés tiene la inspiración de que la solución al problema pasa por la conversión de Maurras (como expresará en una carta dirigida al propio Maurras, “el doloroso problema aparece por ahora, en el plano humano como insoluble, pero existe el plano sobrenatural y allí toda dificultad puede encontrar su solución. Pienso que hay un medio muy simple de arreglarlo todo… ¡que usted se convierta plenamente en creyente! ¡hijo sincero y devoto de esta Iglesia católica que usted respeta y ama”) y la iniciativa de Sor Magdalena es la oportunidad de ponerse manos a la obra en esta empresa.

Se inicia así una correspondencia que, desde el Carmelo, irá firmada principalmente por Sor Magdalena y, en ocasiones, por la misma Madre Inés, pero que era consultada y consensuada por cuatro personas: además de las dos firmantes, las otras dos hermanas [carnales] carmelitas de santa Teresita, Sor María del Sagrado Corazón (hasta su muerte en enero de 1940) y Sor Genoveva de la Santa Faz (que fallecerá en febrero de 1959). Es lo que el propio Maurras, bien consciente de quiénes eran sus interlocutores, calificó como “consejo de Estado dirigido por ángeles”.

«Rezamos todas juntas a Santa Teresa para que os atraiga»

La primera carta de Sor Magdalena pone en conocimiento de Maurras “la inspiración de mi joven hermana de sacrificarse en secreto y sin reserva por la salvación sobrenatural de la causa que usted encarna, por su adhesión plena a la directivas de la Iglesia divina”. Aprovecha también para explicarle que en el Carmelo de Lisieux “rezamos todas juntas a menudo a nuestra santa tan francesa, Santa Teresa del Niño Jesús, que sirvió tan bien a la causa de la Iglesia y de su patria, para que os atraiga irresistiblemente a su bendito camino”.

Y se lanza a hacerle una propuesta: «Nuestra Reverenda Madre Superiora, la propia hermana de Santa Teresa del Niño Jesús, que conoce las aspiraciones paternales del Santo Padre, podría servir de intermediaria eficaz y discreta entre Roma y tantos corazones franceses… y disipar tantos malentendidos”.

Maurras responde inicialmente con sorpresa, tanta que no sabe ni cómo debe dirigirse a su interlocutora y encabeza su carta con un “Señora, o Madre, o Hermana”, para a continuación disculparse: “le ruego me perdone la duda sobre cómo llamarla”. También defendiendo su posición, de un modo cortés pero taxativo; tono que irá variando a lo largo del tiempo a medida que el afecto mutuo crezca y las palabras se suavicen.

El método de ellas: animar a rezar

Hay algunas cartas, sobre todo al principio, que se centran en los argumentos sobre la existencia de Dios o la naturaleza de la Iglesia, pero las carmelitas pronto cambian su enfoque. Tratan a Maurras con simpatía y comprensión, aunque en ningún momento abandonan su propósito de que Maurras se convierta y la situación de la Acción Francesa se regularice, y así se lo hacen saber. Pero en vez de enzarzarse en disputas teológicas, rezan y proponen a Maurras que rece con ellas.

Son frecuentes las novenas que le proponen rezar juntos, a lo que Maurras inicialmente se niega pero a las que acabará por sumarse. Incluso le piden que “entre en cualquier iglesia, el Jueves o el Viernes Santo, para decirle a Dios una sencilla palabra: «Gracias». Si esta palabrita cayera en el vacío, el daño no sería grande… Mientras que si la redención en la que creemos es una inefable realidad, ¿cómo dejar sin reconocimiento el Corazón de un Salvador que se ha mostrado respecto a usted tan desbordante de amor?”.

Así, las carmelitas exponen con transparencia su método, diferente del de “esos predicadores de vida espiritual, muy bien intencionados, que predican una lucha sin piedad contra todos los defectos que uno pueda tener… sin llegar a nada, o a bien poco, viviendo en tensión, en estado de guerra y de disgusto habitual. Más clarividentes son aquellos que buscan desarrollar las bellas y buenas tendencias nativas del alma, que saben ponerlas al día, amplificarlas, ramificar en torno a ellas las energías secretas en la dicha de una atmósfera propicia al surgimiento de todos los recursos del bien. Ése fue el método de nuestra querida Santa: empezó por poner en su corazón un gran Amor y toda su perfección, tanto humana como sobrenatural, eclosionó bajo el impulso de esa llama que la consumió ganándole terreno a todas sus imperfecciones”.

Oración para agnósticos: «Señor, haz que yo vea, que te conozca»

Aparecen en las cartas, de manera sobria pero persistente, los escrúpulos de Maurras que no quiere prestarse a la salida fácil de hacer una declaración externa de fe católica para recuperar influencia entre los católicos mientras en su fuero interno continúa su increencia. En diversas ocasiones expresará sus “profundos escrúpulos de conciencia, jamás superados, jamás debilitados”, al tiempo que rechaza taxativamente lo que muchos le proponen: repetir las palabras, parece ser que falsamente atribuidas, de Enrique IV de Francia y su “París bien vale una misa”.

La respuesta de Sor Magdalena lleva el sello de Santa Teresita: «Para hablaros de corazón a corazón, pienso que el verdadero medio de obtener esa luz sin precio, superior a todos los bienes de aquí abajo, es pedirla sinceramente, sin frases, como un niño, en secreto: «Señor, ¡haz que yo vea! ¡Que os conozca!» ¡Y eso es todo! Aquel a quien os dirigiréis así no se resistirá”.

Más adelante, le propondrá algo bien sencillo: «Decir cada día: “Jesús, yo os amo”, no tenga usted miedo, el resto llegará después».

También le regalan libros que piensan que le pueden hacer bien, así como el Año Litúrgico de Dom Gueranger, que levanta entusiasmos tanto entre las carmelitas como entre Maurras («mi lectura es la de un profano, pero al menos puedo, en cada página, admirar al historiador, al profeta, al filósofo, al poeta de los símbolos sagrados»). En ocasiones no se limitan con hacérselo llegar, sino que le indican exactamente en qué pasaje se debe fijar.

Cautivado por la madre de Santa Teresita

Entre los libros sugeridos encontramos, claro está, libros de o acerca de Santa Teresita, como los Novissima Verba, que recogen los últimos escritos de la santa y Maurras leerá en el verano de 1937 o la historia de la familia Martin.

La biografía de Celia Martin [Santa María Celia Guérin, la madre de Santa Teresita] escrita por Louise André-Delastre le entusiasma: «He quedado literalmente cautivado por la vida de Madame Martin. Es una santa a mi medida. No solamente me encanta, me arrebata, me deslumbra por la heroicidad de su entrega maternal y, también, por su santidad religiosa».

Otros obsequios del Carmelo a Maurras son el tratado de la Esperanza extraído de la Suma Teológica, El evangelio de N.S.J.C del Padre Lagrange O.P., el Comentario a las epístolas de san Pablo de Dom Delatte, abad restaurador de Solesmes o el Curso de Teología católica del canónigo Jules Didiot.

No hay que ser perfecto para empezar a rezar

También el libro de monseñor Francis Vincent, San Francisco de Sales, director de almas, que, dice Maurras, le ha rejuvenecido al hacerle regresar a sus polémicas con los jansenistas, «unos sombríos brutos que yo pongo en el mismo saco que los estoicos y los kantianos… no comprendo cómo han podido sacar tal desesperación de san Pablo, de san Agustín y de santo Tomás».

Una aversión hacia los jansenistas que Maurras comparte con Sor Magdalena, quien le confía que “nunca he comprendido a aquellos que afirman que es necesario sentirse «perfecto» para atreverse a articular en el secreto del corazón un Avemaría… si esperamos a ser perfectos no nos atreveremos a rezar jamás”.

Pero los regalos no se limitan a los libros: en 1938 Maurras recibe el obsequio de un relicario en forma de reloj con una reliquia de Santa Teresita del que no se separará en lo que le queda de vida, ni siquiera en los momentos más difíciles, cuando vuelva a ingresar en prisión. En sentido inverso, Maurras gustará de enviar flores al Carmelo de Lisieux, destinadas a la tumba de Santa Teresita.

El político escribe al Papa que le excomulgó

No les falta audacia a las carmelitas de Lisieux. Por ejemplo cuando le hacen saber a Maurras que el Papa Pío XI está gravemente enfermo y le sugieren que le escriba una carta personal en la que «se renueven vuestros sentimientos de respetuoso afecto, de veneración, de admiración entusiasta de la Iglesia».

Sorprendentemente, Maurras les hace caso y escribe en enero de 1937 al Papa que le había excomulgado en estos términos: «De rodillas ante Su Santidad, le ruego me permita ofrecerle mis deseos de un rápido restablecimiento y, al mismo tiempo, solicitarle la modesta parte que puede tener todo hombre de su universal bendición».

Carta ésta a la que Pío XI contesta personalmente y en la que se lee: “No pretendo “responderos”, pues son tan numerosos y profundos los sentimientos y las reflexiones que su carta ha despertado en mi espíritu y en mi corazón. Quiero solamente deciros mi profundo reconocimiento por el consuelo que vuestras líneas me han aportado; y deciros también que, como lo he hecho hasta ahora, continuaré más intensamente y paternalmente haciendo lo único que puedo hacer por usted, esto es, rezar y hacer rezar por usted«.

Maurras reacciona escribiendo al Carmelo, excusándose por no haber respondido antes y pidiéndoles «permiso para callar y meditar sobre la gravedad de esas palabras augustas». La Madre Inés no pierde el tiempo y el mismo día le envía al Papa copia de la carta de Maurras, confesando que ha “llorado al leer la copia” de la carta de Pío XI: “Me parecía ver al padre del hijo pródigo yendo a su encuentro”.

Rosas del político para la tumba de Teresita

Ese mismo mes, febrero de 1937, Maurras confesará su proyecto de, tan pronto recupere la libertad, “emprender el camino de Lisieux, con el fin de poner de rodillas mi deseo de luz espiritual y la gratitud que albergo hacia el Soberano Pontífice sobre la tumba de aquella cuyas hermanas e hijas me han entreabierto un mundo de bondad y caridad siempre en flor, como el místico rosal de la pequeña y grande Santa Teresa del Niño Jesús”.

Esa peregrinación tendrá lugar, finalmente, el 13 de julio de 1937, día en que Maurras peregrina a Lisieux y deposita un ramo de rosas junto a la tumba de Santa Teresita. Suceso que será aprovechado por la infatigable Madre Inés, quien aprovecha para sugerirle a Maurras que le envíe un telegrama desde Lisieux al Papa, insinuándole incluso el texto del mismo.

Maurras obedece y, una semana más tarde, la Madre Inés escribe a Pío XI explicándole la visita de Maurras, la conversación que mantuvieron en el locutorio (donde Maurras llega a afirmar que “la salvación partirá de Lisieux, vendrá de la querida santita”), y le confiesa “haber sido tocada por el arrebato de corazón con el que ha escrito en el locutorio el telegrama destinado a Su Santidad firmado «el peregrino de Lisieux conocido de Su Santidad y del Carmelo»”, una fórmula ésta que Maurras usará con cierta frecuencia a partir de ese año.

Todo el mundo pasaba por Liseux: ¡incluso el futuro Papa!

Por cierto, gracias a las cartas de esta época constatamos que por Lisieux pasa todo el mundo, en visita particular o acompañando las múltiples peregrinaciones. Por ejemplo, coincide con Maurras en Lisieux el cardenal Pacelli, entonces secretario de Estado y futuro Pío XII, y pocos días después el arzobispo de París, cardenal Verdier, a quien la Madre Inés le pondrá al corriente de sus gestiones con Maurras.

Pacelli confesará a las carmelitas que Pío XI le había encargado que rezara especialmente en Lisieux “por un alma en la que estaba muy interesado”, añadiendo que “el Papa confía su causa a Santa Teresa del Niño Jesús, lo espera todo de su intervención”. Por su parte, Verdier le escribirá una emotiva carta a Maurras en la que habla abiertamente de la “reconciliación entre la Acción Francesa y la Santa Sede… que todos deseamos”, para acabar expresándole su alegría por “vuestra actitud en estos últimos tiempos respecto de la Iglesia, vuestra respetuosa deferencia, el homenaje que ofrecéis a su caridad y que aceleran la llegada de los días que todos nosotros deseamos”.

Cartas audaces de Madre Inés por la reconciliación

En marzo de aquel año aparece la encíclica Divini Redemptoris, que es acogida con entusiasmo por Maurras y de la que se hará fervoroso propagandista. La Madre Inés aprovecha para “presionar” a Pío XI, haciéndole llegar los escritos de Maurras al Papa, sugiriéndole “una indulgencia paternal”, reconociendo que “osa hablar con sencillez y audacia filial a Su Santidad” y hablándole de los benéficos efectos que tendría la reconciliación de la Acción Francesa.

Y si de audacia femenina hablamos, llama poderosamente la atención la carta de la Madre Inés al papa del 27 de marzo de 1937: “Santa Teresa del Niño Jesús se arrodilló hace cincuenta años a los pies del Papa para obtener la entrada en el Carmelo. Hoy, ella se arrodilla una vez más a los pies del vicario de Cristo para obtener a sus hijos de la Acción Francesa el regreso a la gracia en la Santa Iglesia”.

Y en otra carta al Papa, la Madre Inés “osa confiar al Santo Padre su intensa tristeza ante ciertas incomprensiones referidas a su caso [el de Maurras] que la hacen sufrir”. No es de extrañar que Maurras confiese que “me atrevería a decir que, desde hace bastantes días, vivo en Lisieux más que aquí, más incluso que en Roma. Me parece que es en Lisieux donde todo se hace, de Lisieux que todo depende”.

Gestos de humildad hacia el Pontífice

Ese mismo mes de marzo, Robert de Boisfleury, administrador de la Acción francesa, irá en peregrinación a Roma, donde entregará una carta a Pío XI con este texto: “Humildemente arrodillado a los pies del Santo Padre, en ocasión del 50 aniversario de la peregrinación a Roma de santa Teresa del Niño Jesús, felizmente pone a los pies de Su Santidad, con el homenaje de su muy respetuosa e inquebrantable adhesión a la Iglesia y a su augusto Jefe, el de su pesar y de toda su tristeza por haber, él y sus amigos de la Acción Francesa, involuntariamente afligido, de cualquier manera que haya sido, el corazón paternal del Soberano Pontífice”, añadiendo que él y sus amigos de la Acción Francesa “creen todo lo que la Iglesia enseña y como ella lo enseña”.

Pero la audacia de las carmelitas no se limita al Papa, sino que se dirige también al propio Maurras. Será en esta época en la que el Carmelo de Lisieux osa pedirle un regalo en nombre de Santa Teresita: «La promesa de hacer suprimir en vuestro periódico esa sombría rúbrica «Bajo el Terror» que nos entristece tan profundamente. Hay que enterrarla con ocasión de la fiesta de vuestra santa protectora y que no haya resurrección”.

Separar el nacionalismo francés del hitleriano

La rúbrica publicada en el diario de la Acción Francesa se dedicaba a recoger y denunciar lo que consideraban la “represión abusiva” del movimiento por parte de la Iglesia. Maurras refunfuña… pero finalmente obedece. Como también obedece cuando le piden, en junio de 1938, «un artículo que ponga a plena luz las profundas diferencias que separan el nacionalismo francés del nacionalismo hitleriano», texto que “aplaudirán” en el Carmelo y será del agrado de Pío XI, “muy preocupado por la penetración nefasta de las ideas venidas de Alemania”.

Como escribirá Maurras en julio de 1938 en carta a la Madre Inés, «nadie es juez más que usted, y yo hago voluntariamente todo lo que usted considere natural y bueno: ¡quién lo puede saber mejor ni tan bien que usted, mi Reverendísima Madre!».

Es en estos intensos momentos cuando llaga una magnífica noticia: el nombramiento de Maurras como miembro de la prestigiosa Academia Francesa, suceso que marca un momento de gran entusiasmo en Lisieux: el discurso de Maurras no sólo cita elogiosamente a Santa Teresita en el templo del saber francés, sino que éste hace grabar en su espada de académico una cita extraída de Historia de un alma, lo que hace que las carmelitas le llamen, a partir de ese momento, el «Académico de santa Teresa».

«Repudiamos los errores racistas, de suelo y sangre…»

En el verano de 1938 Sor Magdalena da noticia de la visita de alguien muy próximo al papa, quien les comunica que “la atmósfera está progresando mucho… la obra está madurando… el diario es seguido de cerca y sobre muchos puntos es muy seriamente apreciado”. En noviembre de ese año, y siguiendo las instrucciones dadas desde el Carmelo de Lisieux, Maurras y Boisfleury hacen llegar una súplica al Papa que se considera necesaria para el levantamiento de la condena de la Acción Francesa, texto que luego se hará público y que será firmado por los dirigentes del movimiento.

El momento elegido no es casual, pues 1938 es el año del centenario del Carmelo de Lisieux, como tampoco lo es el contenido, en el que se hace hincapié en ciertas ideas que preocupaban enormemente a Pío XI: «Firmemente vinculados a la idea de patria y de todo lo que esta idea implica de tradiciones duraderas, repudiamos todo nacionalismo excesivo que violaría los justos derechos de otras colectividades nacionales. Repudiamos los errores racistas, la metafísica religiosa del suelo y la sangre, conforme a la doctrina de S.S. Pío XI… pedimos a la magnanimidad del pontífice que nos juzgue, no por polémicas efímeras para las que imploramos su paternal indulgencia, sino por nuestras afirmaciones de fe y sumisión”. Todo está maduro… pero Pío XI fallece el 10 de febrero de 1939.

Su sucesor, Pío XII, fue elegido papa el 2 de marzo y coronado diez días después. Sin perder tiempo, el 26 de ese mismo mes, la Madre Inés le hace llegar un dossier con cartas de personas próximas a la Acción Francesa, “que explican por qué me intereso tanto por estas almas angustiadas y que no había osado mostrar a Su Santidad Pío XI, temiendo afligirle demasiado”.

En julio de 1939 el Papa Pío XII levantará la condena que pesaba sobre la Acción Francesa. La carta de Maurras al Carmelo de Lisieux refleja bien su estado de ánimo: “¡Cómo expresaros mi alegría! Mi reverendísima Madre, ¿qué palabras expresarán mi emoción, el temblor de mi emoción, de mi gratitud y una gratitud llena de admiración? Así ha acabado esta espantosa pesadilla, y gracias a vos, gracias al coro angélico y a la inefable bondad del Santo Padre”. Por su parte, Sor Magdalena le comunica a Maurras la carta que han recibido de Monseñor Venini, “intermediario discreto de la incomparable carta autógrafa” de Maurras al Papa, en la que se une “a la alegría especial del Carmelo de Lisieux por la gran noticia. Santa Teresa ha, pues, conseguido esta gran gracia. ¡Ah, el muy venerable Santo Padre Pío XI, también, exulta en el cielo! Deo gratias!”.

Y tras recomendarle que “no nos dejemos entristecer por los comentarios hirientes, incomprensivos o indignos ante la gran noticia”, le habla sin tapujos de que ha llegado el momento de la “segunda etapa: la de la dulce iluminación de la fe que es solicitada para aquel que nos es tan querido y cercano”.

Una etapa que tampoco será fácil pero en la que las carmelitas de Lisieux no desfallecerán y para la que le sugieren rece una oración compuesta por ellas mismas: “He vivido durante años apartado de las prácticas religiosas sin osar creer en el amor de Dios, siempre he buscado y querido el bien, pero me he equivocado en ocasiones, especialmente en mis libros de juventud, y he podido ser ocasión de error o de interrupción en el camino del bien verdadero, sin perjuicio del bien operado en otros. Deseo en adelante poner toda mi actividad, toda mi vida, todos mis sentimientos y mis pensamientos de acuerdo con la voluntad de Dios, fuente de verdad, bien y belleza”. Estas palabras, insistirá Sor Magdalena, “bastan para atraer la misericordia paternal de Dios”.

La II Guerra Mundial: cartas con miedo

Maurras volverá en peregrinación a Lisieux en diversas ocasiones, recibiendo en una de ellas una carta y la bendición apostólica de Pío XII, concretamente el 23 de diciembre de 1939, donde el Papa reconoce “la intercesión de la santita de Lisieux, tan manifiesta en esta circunstancia”.

Pero enseguida se desata el vendaval de la Segunda Guerra Mundial y ya en junio de 1940 Maurras escribe al Carmelo anunciándole que ha tenido que huir de París para refugiarse en Poitiers y se pregunta: “¿qué será del Carmelo si, como todo hace temer, la maniobra bárbara consigue hacerse con vuestra Normandía?”. Y acaba la carta con un “¡Viva Francia! ¡Viva el Carmelo! ¡Viva la Iglesia romana!”, con un añadido de última hora escrito en el sobre ya cerrado “tengo conmigo el reloj” que contenía la reliquia de Santa Teresita.

La guerra hará que el intercambio epistolar se espacie, tras haber quedado Lisieux bajo la ocupación alemana y estar Maurras en territorio del régimen de Vichy. Al mismo tiempo las cartas se hacen más prudentes e incluso voluntariamente imprecisas, precisamente por la sospecha de que van a ser leídas por el ocupante alemán. Precisamente por ello las referencias al curso de la guerra no abundan… hasta junio de 1945, cuando Maurras escribe al Carmelo para anunciarles que “Alemania parece bien derrotada. Y eso es ahora lo esencial”, aunque añadiendo, “¿Qué vamos a hacer con la victoria?”.

De nuevo a prisión: y a leer teología

La respuesta para Maurras no tardará en llegar en forma de vil venganza: quienes habían hecho oídos sordos a sus advertencias sobre el ascenso del hitlerismo, quienes le habían acusado de odio visceral a lo germano, ahora serán los mismos que le acusarán de “connivencia con el enemigo” y le enviarán de nuevo a prisión. Allí Maurras tendrá tiempo para leer (“el Padre de Broglie ha tenido la bondad de enviarme la Suma contra gentiles, que estoy leyendo con pasión. ¿Surtirá efecto?”), meditar, recibir visitas (como la de su amigo y mentor monseñor Breynat, primer vicario apostólico de Mackenzie, en el norte de Canadá) y escribir un libro sobre el entonces venerable, y ahora santo, Pío X.

Ya desde el inicio de la correspondencia las carmelitas insistirán en que Maurras entre en contacto con algún sacerdote sugerido por el Carmelo de Lisieux y que pueda ayudarle en su camino hacia la fe. Maurras se resistirá, argumentando que ya conoce a muchos sacerdotes que, además, son sus amigos. En los últimos meses de su vida, finalmente, aceptará y será el canónigo Aristide Cormier quien entrará en la intimidad de Maurras, le confesará y administrará los últimos sacramentos con los que entraría como católico en la vida eterna.

El 28 de junio de 1952 está fechada la última carta que se conserva de Maurras a Sor Magdalena. En ella se incluye un poema compuesto por él mismo, titulado “La oración del final” y que encabeza con una cita del Purgatorio de Dante, “mentre che la speranza ha fior del verde”, mientras que la esperanza mantenga la flor de (color) verde, una referencia de Dante a que incluso el arrepentimiento a última hora pone en movimiento a la bondad divina. Allí se puede leer:

“Señor, duérmeme en tu paz cierta
Entre los brazos de la Esperanza y del Amor.
Este viejo corazón de soldado no ha conocido el odio
Y sólo por vuestros verdaderos bienes ha sido derrotado sin remedio”.

No sabemos si la última carta de Sor Magdalena, fechada cuatro días antes de la muerte de Charles Maurras, el 16 de noviembre de 1952, llegaría a su destinatario, pero confiamos en que los deseos de la carmelita se hicieran realidad y concluyera así este apasionante camino de conversión. Escribe Sor Magdalena:

“No ceso de pensar con gran dulzura que vuestro lugar está reservado, allá en lo alto, querido gran amigo, en el corazón de esa Madrecita que prometió protegeros por toda la eternidad. Cuando llegue el momento de la gran ascensión hacia ese lugar bendito, ella misma vendrá a sonreír a su querido peregrino, ella le dará la luz y la fuerza de cumplir con sencillez sus deberes de bautizado. Como hijo de la Santa Iglesia, ella hará depositar sobre sus labios el viático divino, que adormecerá, para usted, todo dolor y dará una fecundidad eterna a su bella carrera terrestre. ¡Y luego el velo caerá! Y esa luz total, tan deseada, tan buscada, se alzará para siempre, en el alma extasiada, colmada, del «Protegido de Teresa» y de su «Madrecita»… ¡Oh! Qué bella será la recepción en ese Reino de inefables recompensas… y qué buen trabajo se podrá hacer a favor de aquellos que permanecen aún, por un poco de tiempo más, en esta tierra de exilio”.

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»