26/02/2024

En la Nueva Era, fue «torturada» por el demonio «hasta ayer»: gracias a Emaús «ya no tengo miedo»

Si alguien tiene claro que la conversión es algo «de todos los días», es Raquel Romero. En su caso, fueron años los que tardó en conocer la fe,  lo que recuerda como una auténtica «tortura» por  espíritus malignos. «Ayer por la noche volvieron a aparecer, pero ya no tengo miedo», afirma en el canal de Mater Mundi.

Hoy residente en Valencia, Raquel se crio como tantos otros, en una familia católica «de tradición» más que con una sólida vivencia de la fe propiamente dicha.

Desde muy temprano recuerda sufrir multitud de inseguridades, vacíos y carencias, lo que contribuyó a que también con tan solo seis años descubriese «el pecado de la carne». Se convirtió en una precoz adicción, agravada por fuertes depresiones que le llevaban a «desear irse del mundo», convencida de que «no tenía sentido vivir».

Educada en un colegio religioso de salesianas, sus dolencias no le impidieron desarrollar una vida de oración y devoción. Pero cuando una religiosa le invitó a meditar su vocación, la respuesta negativa de su padre le terminó llevando a alejarse todo lo que tuviese que ver con las religiosas.

Lejos de la Iglesia y víctima de la adicción

Conforme crecía empezó a contemplar lo relativo a los sacramentos como «una parafernalia», frecuentándolos cada vez menos. Y mientras, el vacío era cada vez más grande.

Recuerda que «nadie lo podía llenar». Tampoco las drogas, los porros o el alcohol de la adolescencia. «Estaba enamorada del amor, idealizaba todo lo que era esa palabra y creía que una pareja lo podría llenar», explica.

Porros, alcohol, citas, adicciones… Aquejada por un vacío desde la infancia, trató de taparlo con todo sin saber que `solo Dios podía llenarlo´.

Lo intentó en una primera ocasión, luego durante cinco años con el hombre que sería su marido tras casarse «por la Iglesia» pero sin pensar en el sacramento. Después, tener un hijo se convirtió en algo parecido a una obsesión. Al no poder, pidió el divorcio, encadenándolo con otra pareja… y otra separación.

«Lo siguiente que apareció fueron las páginas de citas. Había de todo, mentiras, lujuria, un mundo superficial de gimnasio, citas y quedadas… ¿cómo podía ser que teniendo un buen trabajo, salud, cayendo bien y ningún problema sintiese un vacío tan brutal?», se preguntaba.

Incapaz de hallar respuesta, siguió encadenando parejas, pero esta vez con el consumo de pornografía, erotismo y sus consecuencias, comprendiendo cada vez mejor que «cuando tienes un vacío tan grande, da igual lo que hagas, no lo puede cubrir nadie».

Tocada por Emaús 

A punto  de «tocar fondo» y tras renunciar a la ilusión del amor, un compañero de trabajo le invitó a Emaús.

Recuerda su primera vez como ajena a todo lo que allí tenía lugar, sentada en un banco escuchando bonitas canciones, pero «sin sentir nada» ante la presencia del Santísimo. Sin saber por qué, una canción, Jesús está vivo, hizo que se derrumbase.

«No podía parar de llorar. Llegué a casa con el corazón tan tocado por las palabras de `Jesús está vivo´ que busqué esas canciones y empecé a escucharlas una y otra vez, a hablar a Dios de rodillas cada día, preguntándole por el infierno, por si eran reales los ángeles, el cielo o lo que decía la Biblia», recuerda.

Sin embargo, admite que aquel Dios estaba «hecho a su manera», al mismo nivel que la figura del buda de su terraza. Mientras, Raquel continuó yendo a Emaús, pero sin comulgar, arrodillarse ante el Santísimo o confesarse… ni saber «por qué debía hacerlo, si era buena».

«Una energía me separaba las manos»: entregada a la Nueva Era

Pero si había comenzado el «proceso de fe» de Emaús, también había iniciado uno con lo que pensaba que eran ángeles.

«La primera vez que sentí una energía me separó las manos en la oración. Me desplomé», recuerda.

Restándole importancia, Raquel dedicó todos sus esfuerzos a buscar a «ese dios». Fue a hacerlo en un retiro en un monasterio cisterciense, donde coincidió con un matrimonio que le habló de «los siete universos» o de que «el infierno no existía». Pero no encontró nada de lo que ella fue a buscar.

Admite que en otra circunstancia no lo habría hecho. Pero tras escuchar aquel mensaje, empezó a ver vídeos de Nueva Era sobre maestros ascendidos, chacras, budismo y meditación. Pronto se obsesionó.

«Me centré de lleno en conocerlo todo. Me daba respuesta a todo. Introduje los chacras, meditaciones, constelaciones familiares, invocaciones a la luna, me compré El Libro de los Ángeles y un péndulo y hablaba con un espíritu a todas horas«, recuerda.

Cuando Raquel dedicaba horas al día a la nueva era y a  «hablar» con los «espíritus», no tenía conciencia de las consecuencias que podría tener.

Al principio, contemplaba los contactos con el espíritu como algo inocente e incluso gracioso. Al desmaquillarse, se quedaban formas de un dragón grabadas en el algodón y se reía con sus amigas new age mientras les decía «Mira, es japonés».

Los espíritus que «jugaban» empezaron a atacar

El demonio era para ella «como un dibujo animado más, algo que se le cuenta a los niños para que no hagan las cosas mal». Lo que entonces no sabía es que aquellos mensajes eran un aviso y que ella «le abría cada vez más las puertas«.

Que le ocurriese algo era «impensable». Estaba convencida de que lo único que estaba haciendo era «contactar con ángeles» y desconocía por completo que también hubiese «ángeles caídos». Ella «solo rezaba y hablaba a Dios»… ¿Cómo iba a venir algo malo?, se preguntaba.

Pero un día el contacto fue diferente. «Empoderada» como se recuerda entonces, se fue sola de vacaciones cuando sintió al espíritu «entrar» en su cuerpo.

«Sentí un desgarro, quemazón y ardor, angustia… Empecé a llorar, a implorar a Dios que me perdonase. Estuve días sin salir de la habitación y al tercer día dejé de sentir ese dolor», recuerda. Estaba convencida de que Dios «había respondido» a sus súplicas, pero no pasaron 48 horas cuando Raquel volvió a «invitar» a aquella presencia.

«Experimenté lo mismo pero multiplicado por mil. Los espíritus que hacía tres o cuatro días jugaban conmigo y con quienes yo hablaba con curiosidad pensando que eran ángeles empezaron a atormentarme y atacarme. Estaba de rodillas, desplomada, convencida de que me iba, sintiendo que me moría», relata.

Meses de liberación con un exorcista

Lo peor que recuerda de aquella experiencia es sentir «la ausencia de Dios«, que se prolongó  en el tiempo. Incapaz de relatar «dónde estaba», había captado el mensaje de que «esto no era un juego».

Sucedió un jueves y el viernes, devuelta a su hogar y desesperada, contactó con un sacerdote, que le puso en contacto con un exorcista. Los síntomas de lo que ya sabía que eran ataques diabólicos, como terribles pesadillas aún estando despierta, apariciones de espectros, imágenes de putrefacción o pensamientos involuntarios de los que «no podía escapar» se prolongaron durante meses.

«El Señor no me liberó tan pronto como esperaba. Y gracias a Dios, porque lo que hizo fue plantar la semilla que fue germinando. Empecé a leer la Biblia, a confesarme, iba a misa todos los días y el rosario empezó a formar parte de mi vida. Cuando rezaba, sentía que los espíritus que me atormentaban se apartaban», recuerda.

Durante aquellos cinco meses de «torturas espantosas» también hubo consuelos. Dedicó todo su tiempo a la oración, a conocer la vida de los santos, a ir a misa y a adoración al Santísimo y cada vez que se confesaba «sentía una liberación».

Precisamente cuando comenzaron las oraciones de liberación también sentía la cercanía de Dios.

Alabando a Dios en la Renovación Carismática: «Es mi fortaleza, mi baluarte»

Cada vez tomaba mayor conciencia de que si deseaba ser liberada, leer las escrituras y conocer a Dios era «lo que funcionaba».

La Renovación Carismática sería para ella otra «liberación», crucial para «alabar a Dios, su grandeza y cantar que es el rey de reyes».

Aquel tiempo no estuvo exento de recaídas. Dos semanas después de volver del viaje, derrumbada, percibió una voz que le decía: «Durante 46 años has hecho las cosas a tu manera. Déjame hacerlas ahora a mí».

Su acercamiento a la fe fue un proceso, lo que sucedió a continuación fue «inmediato». «El Señor sabía que mi adicción era un problema tan grande para mí que no permitió que volviese a caer. En menos de 24 horas, el Señor lo sanó«.

Hoy, Raquel se muestra convencida de que la conversión es algo «de todos los días». En su caso, trata de recorrer  un camino cuyo destino «es el Cielo» y dedica su tiempo entero a Dios. Los ataques continúan, pero los afronta con la esperanza de que está «junto a Dios, conociéndole, intentando agradarle y en gracia»,  viendo como sus carencias y vacíos ha ido sanando.

«En mi conversión no se puede decir que ya lo tenga todo hecho por estar liberada. Ayer por la noche [los demonios] volvieron aparecer. Pero ya no tengo miedo. El Señor es mi fortaleza, mi baluarte, mi salvador, mi guía y maestro. Estoy enamorada como jamás lo he estado de nadie», concluye.

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»