23/02/2024

JESÚS REY DE AMOR, por el Padre Mateo Crawley-Boevey. Parte I: AMOR DE CONFIANZA

Hemeroteca Laus DEo18/08/2022 @ 01:51


Jesús Rey de Amor 
un tiempo de intimidad con el Corazón 
que lo ha dado todo por nosotros



«Soy Yo, no temáis» 

Evangelio de San Mateo, cap. 14, vers. 27


               Palabra inefable, elocuente corno pocas, tal vez como ninguna. Tened confianza, «Soy Yo». ¡Yo, vuestro Padre, vuestro Amigo, vuestro Salvador! Nolite timere!, «no temáis!». 

               —Pero ¿por qué?… ¿Y mis ruindades? —Ego sum! «porque Soy Yo…» Si fuera un Ángel, un Profeta, un Santo, podríais temer, pues las criaturas, las mejores, no pueden ni conoceros, ni juzgaros, ni amaros como Yo… No temáis, porque Soy Jesús. 

               Por eso dijo Él: «Mi paz os dejo». La suya, no la nuestra, tan deleznable; la suya, no la del mundo, falsificada y peligrosa, envenenada Sobre la base de su misericordia, tengamos paz. No porque nos creemos justos y confirmados en gracia, sino porque creemos con fe inmensa en su amor, remedio y reparación de nuestras miserias. ¿Qué haríamos sin esta energía sobrenatural, divina, de la confianza en Jesús? Se llega a la cima de la santidad por camino de confianza; no hay otro camino. 

               Porque siendo lo que somos todos, un abismo de bajezas y pecados, y pedirnos que, así y todo, subamos sin darnos, ante todo, estas alas de confianza, sería más bien arrojarnos en otro abismo: el de un desaliento definitivo y sin remedio. Pero por esta escala santa, pero con esas alas divinas, ¡oh, sí!, quiero y puedo ser santo; quiero y puedo subir muy alto, de profundis, desde lo profundo de mi ruindad, desde el abismo de mi miseria. No se me diga que esto es pretensión, o que esto es ilusión… 

               Si creyese llegar a la cumbre por mis pies de arcilla, entonces mil veces sí, ello sería locura y soberbia; pero en el ascensor de los brazos de Jesús, sobre su Corazón…, estoy cierto que llegaré, cabalmente porque soy menos que una hormiga. Él convierte siempre las hormigas confiadas en águilas reales. Sí Él, el Dios de perdón y de gracias; sí Él, Jesús, el Dios de Misericordia y ternura; si Él, Jesús, el Dios Crucificado y Sacramentado por amor y Encarnado para salvar, no me inspira una confianza ciega, inmensa, ilimitada, ¿quién podrá inspirármela?

               Vino, por ventura, a la Tierra para traernos ¿qué?… ¿El dardo de tremenda justicia? ¿Las llamas de una cólera divina? ¿La sentencia de muerte eterna, mil veces merecida? No, no; mil veces no! Abrid el Evangelio en cualquier página, al acaso, y aun en sus indignaciones y anatemas encontraréis embriagador, irresistible, el Corazón del Salvador. Vino a perdonar, a salvar, a sembrar paz, a dar cielo, aún y sobre todo a quienes le prepararon el patíbulo de la cruz: «¡Perdónalos, Padre; no saben lo que se hacen!» . Con este fin redentor «se anonadó a sí mismo tomando la forma o naturaleza de esclavo», se revistió de nuestro ropaje de lepra, y por esto lo fulminó el Padre. Nuestras miserias las tomó consigo, según está escrito: «Tomó sobre Sí nuestras debilidades, llevó sobre sus hombros nuestras enfermedades»; «hombre de dolores, supo lo que es sufrir». 

               No, por cierto, en un sentido literal, sino figurado, podríamos, pues, aplicarle aquella expresión de los Libros Santos: «El abismo atrae al abismo». Esto es: el abismo de nuestra miseria y corrupción, diríase que atrajo al abismo de su misericordia y bondad. Belén es apenas, con toda su pobreza, un trasunto, una pintura de poesía, comparado con otra cuna, consciente en su pobreza e indignidad  el corazón del que comulga. Jesús, que esto sabe, manda que se le reciba, que se comulgue. 

               Sobre la base de arrepentimiento y humildad, parece Jesús echar un velo de paraíso sobre esta cuna menos que pajiza, y se goza en ella, y tiene ansias supremas de descansar en ese altar desmantelado… ¡Negarle el derecho a esa condescendencia, sería herirle el Corazón!… 

               ¿Sabéis cuál es para mí la Transfiguración que me enloquece? No la del Tabor, donde, por un momento, parece recobrar lo que había dejado por mi bien, el manto de su majestad esplendorosa. Otra es la transfiguración que me conmueve y arrebata: aquella de Belén, cuando veo al Creador, revestido de los pañales de mi naturaleza; aquella de Nazaret, cuando contemplo a mi Juez, cubierto con el velo del anónimo, de un cualquiera, y aquella del Calvario, cuando adoro, bajo la púrpura de sangre y la mortaja de la muerte, al que es la Vida… 

               Esta triple transfiguración que lo hace tan mío, tan Hermano, tan condescendiente, tan parecido a mí, me enseña, más que la del Tabor, cuánto debo amarle y con qué confianza, si posible fuera infinita, debo acercarme a su Corazón. Cabalmente, el contraste prodigioso de lo que muestra un instante en el Tabor, con lo que es y queda en Belén, Nazaret y en el Calvario, me predica con elocuencia abrumadora la locura de su amor y la realidad de aquella palabra de  «Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva», ¡oh, Jesús, a fuerza de querer asemejarte a nosotros, no te pareces a Ti mismo!


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