13/06/2024

La oración de los pequeños

Domingo 9-7-2023, XIV del Tiempo Ordinario (Mt 11,25-30)

«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra». Muchas veces, en momentos de sequedad o dificultad interior, decimos: “¡es que no sé rezar!”. Y se nos olvida mirar a Cristo. A lo largo de los evangelios, Jesús aparece muchas veces recogido en oración, a solas, en un íntimo diálogo con su Padre Dios. En momentos importantes, como los cuarenta días que pasó en el desierto antes de su vida pública, o las largas noches de oración –antes de elegir a los Doce apóstoles, en la Transfiguración sobre el Tabor, en Getsemaní antes de la Pasión…–. Pero también en su día a día la oración era parte de su vida cotidiana: «se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar» (Mc 1,35); «subió al monte a solas para orar» (Mt 14,23)… Pero, ¿cómo rezaba Jesús? Pocas veces se recoge el contenido de su oración. Es verdad que nos enseñó a rezar el Padrenuestro. Pero sólo en contadas ocasiones Jesús abre su intimidad y descubre abiertamente su oración. Hoy podemos asomarnos al misterio de la oración de Jesús. El Maestro hace una gran acción de gracias, una verdadera alabanza a la grandeza de Dios. No pide, sencillamente bendice a Dios por su bondad y sabiduría. No reclama, sino aclama su misericordia. “Es de bien nacidos ser agradecidos”, dicen… ¿Y nosotros nos acordamos de dar gracias a Dios y alabarle cada día por su infinita bondad?

«Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien». Jesús, ante todo, da gracias. Su oración es una oración agradecida. Con el agradecimiento, el corazón se expande para abarcar los inmensos regalos que Dios nos hace. El que se queja, el cicatero, el que reclama siempre para sí, nunca podrá apreciar los tesoros que tiene en sus manos. Y el Hijo da gracias porque los predilectos del Padre son los “pequeños”. ¿Quiénes son estos “pequeños”? Son aquellos a los que se dirigen las tres primeras bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5,3-5). Los pequeños son los pobres del Señor, los que se saben necesitados de Dios. Son los que reconocen que sin Dios nada pueden, por eso todo lo esperan de él. Así, reconocen su grandeza y su poder, y le dan gracias continuamente. Un corazón agradecido es un corazón pobre de sí; y precisamente por eso, es un corazón inmensamente rico, porque puede recibirlo todo.

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Jesús primero nos ha enseñado el camino de los pobres y sencillos, el camino de la infancia interior, el camino de la auténtica oración. Y, después, nos muestra quién es el Camino: él es el verdadero pobre de espíritu, el verdadero manso y humilde de corazón. Si queremos aprender a caminar por la senda de la vida, tenemos que mirarle a Él. Es Cristo quien nos conduce: «me enseñarás el sendero de la vida» (Sal 15,11); «me guía por el sendero justo» (Sal 22,3). Por eso Jesús habla de un “yugo” –con forma precisamente de Y–, que es una carga que se comparte entre dos. «Venid a mí» –nos dice–, imitadme, aprended de mí, compartid conmigo la carga, y así aprenderéis el camino de la vida. Compartida, la carga de la vida es mucho más ligera. Este es el secreto revelado a los pequeños. Este es el descanso y la paz verdadera.