25/05/2024

LA REINA DE LOS ÁNGELES SE LLAMÓ ESCLAVA

Hemeroteca Laus DEo25/01/2022 @ 01:50


               ¡Estrella del mar! A fin de que, por su medio, lleguemos al puerto de la salvación. En efecto, Ella libra de la tempestad a quienes la invocan, les muestra el camino y los guía al puerto.



               …El Señor es contigo. Ésta es la grande, la verdaderamente grande, porque concibió y llevó en su vientre durante nueve meses al Señor, a quien los cielos y la tierra no pueden contener.

               Bendita tú entre las mujeres. Ésta es la fuerte. Leemos en el libro de los Jueces: Bendita entre las mujeres Jael, porque alargó su mano izquierda al clavo, y su derecha al martillo del obrero; hirió a Sísara, le rompió la cabeza. Y en Judit: Una mujer hebrea ha sembrado la confusión en la casa del rey Nabucodonosor. Pues Holofernes yace en tierra y sin cabeza. Y en el mismo libro: Ocías, príncipe del pueblo, dijo a Judit: Bendita eres tú, hija del Dios Altísimo, sobre todas las mujeres de la tierra. El clavo, que sirve para cerrar la puerta de la tienda, es la virginidad de María Santísima. Esta puerta, dice Ezequiel, ha de estar cerrada; no se abrirá ni entrará por ella hombre alguno. El martillo, que tiene figura de Tau, es la cruz de la Pasión del Señor. Sísara, que significa el excluido del gozo, es el diablo, que trabaja siempre por excluir a los hombres del gozo eterno. Éste fue muerto por la virginidad de María Santísima y por la Pasión de su Hijo. Ignoró el Misterio de ambos, y fue destronado por el poder de ambos. Por eso es Bendita entre todas y más que todas las mujeres, Ella que sembró la confusión en la casa del diablo, cortó la cabeza del jefe y nos devolvió la paz.

               …El Señor no estaba en el viento, porque en aquel saludo no se encarnó el Verbo.

              …María se turbó. Después del viento vino un terremoto. Se turbó, dice, con el saludo. Tal vez porque oía que la bendecía entre las mujeres a Ella, que ya era Bendita entre los Ángeles.

              En las Ciencias Naturales se dice que las conchas conciben las perlas con el rocío del Cielo. Pero si de repente fulgura un relámpago, se encogen de miedo y se cierran inmediatamente asustadas, porque temen que se manchen sus partos. Así la Virgen María, que concibió la perla de los Ángeles por el rocío del Cielo, se turbó por el repentino resplandor del  Ángel. Así también nosotros, que deseamos concebir la perla de la vida santa con el rocío de la gracia, debemos temer inmediatamente el resplandor de las alabanzas humanas, recogernos, humillarnos y cerrarnos, para no salir fuera, no sea que con el favor humano perdamos lo que fue bien concebido. El Señor, es decir, la Encarnación del Verbo no estaba en el terremoto, esto es, en la turbación de la Virgen María.

               …Vino este fuego sobre la Virgen y la llenó del carisma de gracias. Pero en este fuego no estuvo todavía la Encarnación del Verbo, porque esperaba el consentimiento de la Virgen. Efectivamente, nadie puede concebir a Dios en el alma sin el consentimiento de la misma alma. Todo lo que hay en el alma sin su consentimiento, no puede justificar al hombre.

              La Encarnación del Hijo de Dios, Y después del fuego, el silbo de suave brisa: Allí estaba el Señor. He aquí, dice, la Esclava del Señor: aquí está el silbo. Hágase en mí según tu palabra. Y seguidamente, el Verbo se hizo carne. Nótese que el silbo se produce contrayendo los labios. La Virgen María se contrajo a sí misma: la Reina de los Ángeles se llamó esclava, y el Señor miró hoy la humildad de su esclava. Concuerda con lo que se dice en Judit: Joaquín, sumo sacerdote, fue de Jerusalén a Betulia para ver a Judit y darle la enhorabuena. Joaquín significa el que sirve de preparación, y es Jesucristo, que dijo: Voy a prepararos un lugar, que por su propia sangre entró una vez para siempre en el santuario. El vino tal día como hoy de la Jerusalén celeste a Betulia, que significa casa que dio a luz al Señor, es decir, a la Virgen Santísima, que le dio a luz. Vino en persona a verla, a morar en ella y tomar carne de ella. A Él, pues, honra y gloria por los siglos sin fin. Amén.


San Antonio de Padua, Doctor de la Iglesia



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