17/04/2024

Loles Freixa se enfadó con Dios, se volcó en el 68, el sexo libre, la rebeldía… hoy habla de su fe

Unos 100 sacerdotes escucharon esta semana el testimonio de Loles Freixa, en las Jornadas de Cuestiones Pastorales de Castelldaura, que organiza el Centro Sacerdotal Rosselló, ligado al Opus Dei. Este año, esta cita se ha centrado en el tema del testimonio como clave para evangelizar, y varias personas dieron su testimonio.

Loles hoy se apoya en la Comunidad del Cordero en Barcelona, «donde sacio mi alma contemplativa y monástica» y evangeliza en los retiros de Emaús contando su testimonio. Pero en su juventud militó de lleno en la generación que desde 1968 se alejó de Dios y cortó con la Iglesia. Hoy en el belén de su casa pone una ovejita en el monte: «es la ovejita perdida que fui yo», señala.

«Doy gracias a Dios por lo bueno, y sobre todo, por lo malo. Creo que he perdonado y disculpado, a los otros, y a mí misma. ¡Aún no me lo creo! Dar testimonio -en Emaús he dado unos cuantos- cuesta un montón, pero, bueno, va bien», explica Loles Freixa.

A través de estos retiros, explica, Jesús la ha ayudado a darse cuenta de cómo fue su vida en años anteriores, y la ha ido sanando, «poniendo un tirita, limpiando con alcohol, sacando un asqueroso pus«. Hoy, gran lectora, dice, «con la Palabra de Dios exulto, no lo puedo evitar. No sé cantar, ni coser, ni cocinar.

Preguntas espirituales de niña

Ya de niña se hacía preguntas: «Mamá, ¿dónde estaba yo antes de nacer?»» Una vez su madre le respondió: «Loles, estabas en la mente de Dios». Y eso le dio mucha paz y tranquilidad a la niña: ¡dependía de Dios!

«A los 16 años, por malentendidos típicos de la adolescencia, me enfadé mucho con Dios y lo aparté radicalmente de mi corazón», recuerda.

En 1968 («Beatles, Rollings, India, oriente, prohibido prohibir, haz el amor y no la guerra«) empezó a estudiar medicina. «Mi perfil es típico: soy de la generación revolucionaria del 68, estábamos muy enfadados con todo«.

Huyendo de lo hipócrita, cayeron en el hedonismo

Considera que es verdad que lo que muchos vivían en esa época era un entorno «hipócrita, encorsetado, trentino y jansenista, mucho latín y formalidad y poco corazón y pocos referentes».

Aquellos jóvenes tenían ansias idealistas. Pero que «como sabéis, acabaron en un estrepitoso fracaso con consecuencias muy graves, abriendo camino al nihilismo, relativismo, aborto, drogas, separaciones matrimoniales, sexo fácil, apartarnos de Dios, no transmitir la fe a los hijos, todos hippies o marxistas», lamenta Loles.

Los ideales generosos se atascaron en noches de alcohol, sexo y drogas diciendo que para cambiarlo todo había que romper tabús. «Los de mi generación nos fuimos de un extremo al otro, perdimos el referente moral, la rectitud de conciencia», lamenta.

En mayo del 68 los jóvenes parecían ser idealistas, pero enseguida se quedaron en el mero hedonismo: destruyeron mucho de lo que había, construyeron poca cosa que valiera la pena.

Ideologías que eran guetos y pseudosectas

Hoy, dice con todas las letras, «me siento culpable del daño que mi generación ha provocado». «Las ideologías freudianas, marxistas y hippies nos esclavizaron y caímos en verdaderos guetos, seudosectas, donde pertenecer al grupo era incuestionable», recuerda.

Ella, dice, fue de las primeras en tomar anticonceptivos y en justificar el llamado «sexo libre». Habla de «la cultura del no hi ha per tant («no es para tanto»): no voy a misa, («no es para tanto»), me voy a vivir con ese chico («no es para tanto»)…

Se casó en «un matrimonio sin sentido», divinizando al hombre que le gustaba. Luego se separó. Sus padres la recibieron de nuevo en su casa cuando llegó con sus bebés.

Leer sin cesar: aprender del pasado

Empezó una época de lecturas y de búsqueda: leía Historia, clásicos, literatura… «Dios se valió de mi inquietud intelectual». Vio que los hombres se hacían las grandes preguntas sobre la muerte y Dios.

Con su actual marido, mientras ella y él tramitaban el reconocimiento de nulidad de sus matrimonios, emprendió un camino de búsqueda de Dios. Reconoció a la Iglesia como «una madre comprensiva y a la vez exigente». Tras un curso prematrimonial, se casaron por la Iglesia. Empezaron a ir a misa, pero en parte como un compromiso social, «igual que los romanos antiguos cumplían su religión cívica».

Siguiendo la enseñanza de los santos

Pero con lectura y perseverancia Loles fue aprendiendo muchas cosas de los santos. De Teresa de Ávila, que la relación con Jesús ha de ser real y personal. De Ignacio de Loyola, que «el Señor es mi roca». De San Agustín, que «Dios está en el fondo de mi corazón». De Santa Teresita, que el Señor es descanso, consuelo, refugio y fortaleza, si le dejas hacer. Charles de Foucault, el abandono. «Y el Papa Ratzinger nos abrió un mundo intelectual nuevo, fue importantísimo», detalla.

En el santuario de Lourdes, explica, «encontré a Jesús, Dios, grande, poderoso, misericordioso, en una capilla con el Santísimo expuesto». «La Madre me llevó al hijo», reconoce. «El corazón de piedra se me fundió».

La alegre esperanza de la resurrección

Su marido Agustín murió en 2015 por un extraño cáncer, muy rápido. «La muerte es un tabú, está lejos y cuando está cerca desconcierta«, comenta. «Pero creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna», añade. En adoración ante el Santísimo, piensa que su marido «está haciendo lo mismo» ante Dios. «La resurrección y el Cielo son la razón de mi fe. Creo en la resurrección de Lázaro, de la hija de Naim, creo en la resurrección», dice.

Hoy reza con las Hermanitas del Cordero y evangeliza con retiros de Emaús. Quiere insistir siempre en el agradecimiento. «Que siempre mi corazón, mi Dios te dé gracias», finaliza citando el Salmo.

El testimonio entero de Loles se puede escuchar aquí (empieza hablando en catalán, pero luego casi todo es en castellano):

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»