04/03/2024

Meditación de Cantalamessa a los obispos españoles: seminarios, y una «libertad para poder obedecer»

El pasado 28 de noviembre, el Papa se reunió con unos 80 obispos españoles en el Aula Nueva del Sínodo. Durante el encuentro, todos pudieron escuchar una meditación titulada «Pentecostés, primera escuela de formación pastoral», del cardenal Rainiero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia.  

La reunión con el Papa trató sobre la situación de los seminarios en España. A los que Francisco mandó visitar a dos obispos uruguayos en enero de este año. De hecho se prevé el cierre de aquellos más vacíos y la concentración de otros tantos. Una parte importante de la meditación de Cantalamessa se centró en el papel del seminario y de sus formadores.

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Texto íntegro de la meditación del cardenal Raniero Cantalamessa a los obispos de España

Queridos obispos de mi querida España, el Santo Padre – que humildemente saludo y agradezco por su presencia entre nosotros – me ha pedido que os proponga una reflexión espiritual durante vuestra visita ad limina. Quisiera comunicaros, de antemano, el espíritu con el qué me dispongo a hacerlo. Es un espíritu de hermandad y de gran solidaridad.

Hubo un tiempo cuando quien citaba las palabras de Pablo a Timoteo: «Si quis episcopatum desiderat bonum opus desiderat»; (1Tim 3,1), lo hacía con un tono de ironía, porque era bien sabido que se trataba de una «buena obra»; que todos emprendían de buen grado. Hoy en día, esto ya no es el caso. Quien desea el episcopado desea verdaderamente hacer una buena obra, porque ya no es un honor y una promoción, sino – como lo era en tiempos de Timoteo – un servicio y muchas veces una llamada a la cruz, como es primero, pienso, para el obispo de Roma.

Si –como ha escrito el gran teólogo Louis Bouyer – la trasformación de la autoridad espiritual de la Iglesia (la sacra potestas) en dominación fue la involución más dañosa de la historia de la Iglesia, el esfuerzo actual de convertir la dominación en servicio es un magnifico retorno al Evangelio y constituye un progreso del cual no nos damos suficientemente cuenta. Quién sabe si a los ojos de Dios este progreso no es más importante que tantas pérdidas que lamentamos en la Iglesia de hoy.

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Elegí, como hilo conductor de esta meditación, el relato de Pentecostés, bajo el titulo «Pentecostés, primera escuela de formación pastoral»; ¡Pero no os preocupéis! No pondré más carne al fuego, como se dice en Italia. No añadiré ninguna otra recomendación a las muchas que gradualmente han ido dando, en este campo, los últimos Papas, las Congregaciones Romanas y las conferencias episcopales nacionales. Más bien, intentaré mostrar dónde encontrar la fuerza para poner en práctica los deberes que incumben a los obispos y no dejarnos abrumar y desanimar por su volumen. Es lo único, por otro lado, que puedo hacer, dada mi total falta de experiencia directa en el ámbito de la vida pastoral de la Iglesia.

Tengamos siempre presente la definición que da San Pablo del ministerio de la Nueva Alianza. Se trata, dice, de un «servicio del Espíritu»; (diakonia tou Pneumatos) (2 Cor 3, 8), donde «Espíritu» significa Espíritu Santo (2 Cor 3, 18). Sin él, cualquier otra formación – humana, intelectual, pastoral, psicológica…- no sería más que un hermoso vestido puesto sobre un maniquí.

He definido Pentecostés como la primera escuela, o un curso acelerado, de formación pastoral. No soy el primero en hacer esto. Escuchen lo que escribió un famoso maestro espiritual bizantino del siglo decimotercio, Nicolás Cabasilas: 1 L. Bouyer, La Chiesa di Dio, Cittadella, Assisi 1971, pp. 54 ss. (ed. orig. L’Eglise de Dieu, Du Cerf, Paris 1970). 2

Los apóstoles y padres de nuestra fe tuvieron la ventaja de ser instruidos en cada doctrina y además por el mismo Salvador. […] Sin embargo, a pesar de haber conocido todo esto, hasta que fueron bautizados [es decir, con el Espíritu en Pentecostés], no mostraron nada nuevo, noble, espiritual, mejor que lo antiguo. Pero cuando llegó para ellos el bautismo y el Paráclito irrumpió en sus almas, entonces se hicieron nuevos y abrazaron una vida nueva, fueron guías para los demás e hicieron arder en ellos y en los demás la llama del amor a Cristo.

Habían asistido al mejor «seminario»; posible durante tres años, bajo el «rector» más perfecto imaginable; sin embargo, sabemos lo que fueron los apóstoles hasta el último momento y lo que llegaron a ser después de que el «poder de lo alto» descendió sobre ellos. Por eso me propongo comentar con vosotros, escena por escena, el relato de Pentecostés, tratando cada vez de ver qué nos dice sobre el ministerio presbiteral y episcopal. Comencemos con la primera escena.

1. Hechos, 2,1-4: Se llenaron todos de Espíritu Santo

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos y se llenaron todos de Espíritu Santo.

«Todos fueron llenos del Espíritu Santo»: ¡cuántas veces hemos leído y escuchado estas cinco o seis palabras! Quizás, sin embargo, hayamos seguido adelante sin ser conscientes del abismo que se esconde debajo de ellas. Algo extraordinario debe haber sucedido en ese momento, porque a partir de ahí los apóstoles son hombres nuevos, diferentes: ya no temerosos y pendencieros, sino «unánimes» e imparables al dar testimonio del Maestro. Se ha cumplido lo que prometió el profeta al hablar de la nueva alianza: «Os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne» (Ez 36). Son hombres con corazones nuevos.

¿Qué produjo todo esto? Para comprenderlo debemos recurrir a nuestra teología, o más bien a nuestra fe. ¿Quién es el Espíritu Santo? Según la mejor Pneumatología latina, su nombre propio en realidad no es «Espíritu Santo» (¡el Padre y el Hijo también son santos y también son espíritu!); su nombre «distintivo» es más bien el de Don (Donum). En la Trinidad, Él es el don que el Padre hace de sí mismo al Hijo y el Hijo hace de sí mismo al Padre; en la historia de la salvación, Él es el don que el Padre y el Hijo hacen juntos de sí mismos a los creyentes, y que llamamos «gracia».

En otras palabras, el Espíritu Santo es la llama de amor que fluye en la Trinidad. Por lo tanto, decir que todos fueron llenos del Espíritu Santo significa que todos fueron llenos del amor de Dios, que tuvieron una experiencia abrumadora de ser amados por Dios. Según la fenomenología de la religión, en Pentecostés hubo «una éxtasis colectiva producida por la acción del Espíritu Santo». San Pablo confirma esta lectura: «El amor de Dios, escribe, ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). 

Pero es mucho más que un sentimiento, o lo que llamamos gracia santificante, o el «estado» de gracia. Para descubrir este «más» debemos remitirnos a las palabras iniciales del relato: «Al cumplirse el día de Pentecostés…». De estas palabras, deducimos que Pentecostés existía antes… Pentecostés, y que precisamente con ocasión de esta fiesta el Espíritu Santo descendió sobre la Iglesia. No podemos entender el Pentecostés cristiano si no lo vemos como el cumplimiento de lo que anunciaba el antiguo Pentecostés, así como no podemos entender la Pascua de Cristo si no la vemos como el cumplimiento de la Pascua del Antiguo Testamento.

Entonces, ¿qué conmemoraba la fiesta de Pentecostés? En la fase más antigua era una fiesta agrícola, ligada al ciclo natural de las estaciones. Era el momento en que se ofrecían a Dios las primicias de la cosecha. Pero con el paso del tiempo, y ciertamente en tiempos de Jesús, también había adquirido un nuevo significado, vinculado a la historia de la salvación. Conmemoraba los acontecimientos del Éxodo, es decir, el don de la Ley en el monte Sinaí y la alianza entre Dios y el pueblo (cf. Ex 19). Lucas quiso subrayar esta relación entre el acontecimiento del Sinaí y Pentecostés utilizando los mismos símbolos del fuego y del viento.

¿Qué significa, entonces, que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles justo cuando Israel celebraba la fiesta de la entrega de la ley y de la alianza? Significa que él es la ley nueva, la ley interior, que actúa mediante la caridad, la ley espiritual que sella la alianza nueva y eterna y que consagra al pueblo real y a la nación santa que es la Iglesia.

Ya en su tiempo San Agustín explicaba así Pentecostés. Miren, decía, la analogía y la diferencia. Cincuenta días después de la inmolación del cordero y la salida de Egipto, en el monte Sinaí, el dedo de Dios escribe la ley en tablas de piedra – y cincuenta días después de la inmolación del verdadero Cordero de Dios que es Cristo, el dedo de Dios, el Espíritu Santo, vuelve a escribir la ley; pero esta vez no sobre tablas de piedra, sino sobre tablas de carne que son los corazones (cf. 2 Cor 3, 2-3).

Se cumplen las profecías sobre la nueva y eterna alianza: «Pondré mi ley en sus corazones, la escribiré en sus corazones» (Jer 31, 33). Las palabras de Pablo: «La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Rm 8, 2), no pueden entenderse sin tener en cuenta estas premisas sobre el significado de Pentecostés. ¡La «ley del Espíritu» es el Espíritu mismo!

Esta novedad acaecida con Cristo debe reflejarse en todo tipo de leyes: desde la lex fundamentalis, hasta leyes más específicas, como las relativas a la formación del clero. Todas deben ser leyes del Espíritu, es decir, leyes que dan libertad incluso cuando exigen obediencia, porque «donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2 Cor 3,17). Leyes que actúan por atracción, no por coacción. Porque nos sentimos atraídos por Dios y por un ideal de santidad, no por miedo a la desaprobación, por espíritu legalista y conformista. Los formadores deben tener cuidado al distinguir entre las dos cosas. Tan pronto como uno esté libre del miedo y de la obligación (normalmente con la ordenación sacerdotal), dejará de hacer las cosas que solía hacer por miedo y por obligación.

2. Hechos 2, 4b-13: Pentecostés y Babel

Pasemos a la sección siguiente. La segunda escena del relato nos saca del cenáculo. Los apóstoles son impulsados ​​por una fuerza irresistible a ir hacia la multitud reunida en Jerusalén para la fiesta. Hablan «en lenguas», es decir, de forma inspirada, quizás más con la mirada.

Siempre se ha entendido que Lucas vio en esto un paralelo antitético con lo que sucedió en Babel. Allí todos hablaban el mismo idioma y a partir de cierto momento ya nadie entendía al otro; aquí todos hablan diferentes idiomas (para eso está la larga lista de pueblos), sin embargo, cada uno entiende lo que escucha. ¿Qué pasó?

Releamos Génesis 11. Los hombres de Babel se pusieron a construir la torre, diciéndose unos a otros: «Venid, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide toque el cielo, y hagámonos un nombre, para que no seamos dispersos sobre la faz de la tierra» (Gen 11, 4). Quieren «hacerse un nombre», les mueve el deseo de poder y de autoafirmación.

Ahora pasemos a Pentecostés. ¿Cómo es que todos entienden a los apóstoles? La respuesta está en lo que marcan los presentes: «Los oímos proclamar en nuestra lengua las grandes obras de Dios» (Hechos 2,11). No hablan de sí mismos, sino de Dios, ya no piensan en hacerse un nombre, sino en hacer un nombre para Dios, y los oyentes lo sienten instintivamente. Se ha producido la gran conversión, la revolución copernicana: del yo a Dios. Murieron a su propia gloria y están completamente fascinados por la gloria de Dios. Finalmente, ya no piensan en quién de ellos es el más grande…

Los Padres de la Iglesia hicieron profundas reflexiones sobre Babel, pero en un punto se equivocaron. Pensaban que los constructores de Babel eran ateos, titanes que querían desafiar a Dios; hoy sabemos que no fue así. Eran hombres piadosos y religiosos. La torre que querían construir no era otra que uno de los famosos templos en terrazas superpuestas, llamados zikkurat, de los que aún quedan ruinas en Mesopotamia. ¿Dónde estaba entonces el pecado? Querían construir un templo para Dios, pero no para Dios; para su propia gloria, no para la de Dios: estaban instrumentalizando a Dios.

Esto hace que de repente toda la historia se nos acerque. Babel y Pentecostés son dos obras (en Italiano decimos «due cantieri») aún abiertas en la historia. En esto basó San Agustín su obra La Ciudad de Dios. En el mundo, dice, se construyen dos ciudades: la ciudad de Babel, Babilonia, fundada sobre el amor propio llevado hasta el desprecio de Dios, y la ciudad de Dios, la Nueva Jerusalén, fundada en el amor de Dios, llevado hasta el desprecio de sí mismo.

Cada uno está llamado a elegir en cuál de los dos sitios quiere operar. En la aplicación que hace San Ignacio de Loyola, de qué bando quiere formar parte, bajo qué bandera militar. Cada iniciativa pastoral, cada misión, cada empresa religiosa, incluso la más santa, puede ser Babel o Pentecostés. Es Babel si uno busca hacerse un nombre; es Pentecostés si se busca la gloria de Dios y el advenimiento de su reino.

No es necesario, ni sería posible, no sentir el deseo natural de afirmarse y tener éxito en lo que uno hace; se trata de saber cuál es la intención profunda del corazón; lo que queremos, no lo que sentimos. Jesús pronunció una vez una frase que tiene el poder de realizar lo que significa. En ocasiones podemos hacerla nuestra y repetirla para rectificar nuestra intención: «¡Yo no busco mi gloria!» (Jn 8, 50).

3. Hechos 2, 14-21: «Derramaré mi Espíritu sobre cada persona»

Pasemos a la tercera escena. La mayoría de los presentes reacciona favorablemente; están «asombrados y fuera de sí», como quienes se sienten en presencia de algo sobrenatural. Otros, sin embargo, se burlan de los apóstoles calificándolos de borrachos. Al responder a estos últimos, Pedro cita la profecía de Joel: 

Sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y aun sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días, y profetizarán.

Aquí se enumeran dones especiales dados a cada miembro del pueblo de Dios: hombres y mujeres, jóvenes y mayores. Son las gracias «gratis datae», los carismas. La Lumen gentium (n. 12) devolvió los carismas al corazón de la Iglesia. No es que antes estuvieran ausentes, pero la hagiografía se preocupaba más por ellos que la eclesiología, como si fueran prerrogativa de los santos, y no de todo el Pueblo de Dios.

El texto conciliar termina diciendo: «Y estos carismas, extraordinarios o incluso más simples y más comunes por ser sobre todo adaptados y útiles a las necesidades de la Iglesia, deben ser acogidos con gratitud y consuelo». La esperada promoción de los laicos y de las mujeres no puede lograrse plenamente sin una correcta aplicación de la doctrina de los carismas. Gracias a ella, los laicos no son sólo colaboradores externos del clero, sino cada uno de ellos portador del propio carisma, necesario para la edificación y santificación de la Iglesia.

En muchas cadenas de televisión de todo el mundo existe un programa llamado «Talent Scout». Su objetivo es descubrir jóvenes talentos y promover su desarrollo. Todos los pastores de la Iglesia deberían ser especialistas en esta materia. Sólo hace falta cambiar la palabra «talento»; por la palabra «carisma». Seamos todos descubridores de carismas, no para enriquecernos nosotros mismos, sino para enriquecer con ellos a la Iglesia de Dios.

4. Hechos 2, 22-36: “¡Jesús de Nazaret!”

Continuamos nuestro comentario sobre el relato de Pentecostés. Al leer las explicaciones que Pedro da a los presentes sobre el significado de lo ocurrido, se tiene la impresión de que casi tiene prisa. Hay algo más importante que presiona dentro de él. Escuchemos qué es:

A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de Él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio.

Pedro concluye su discurso con algo que podemos llamar la primera definición ex cathedra de un Papa: «Por lo tanto, con toda seguridad conozca toda la casa de Israel [hoy en día diría: sepa todo el mundo] que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías» (Hechos 2,36).

¡Cuántas cosas nos dice esta parte de la historia de Pentecostés! Nos dice que la prioridad absoluta de la Iglesia es anunciar a Jesucristo. También nos dice cómo debe ser este anuncio: no basado en palabras de sabiduría humana, sino en el Espíritu y su poder; que debe partir siempre del misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo; que el kerigma debe preceder a la didachè. En otras palabras, que las obras tienen que seguir al anuncio como su efecto, no precederlo como su causa; que no hay, como dice el proverbio, que «poner el carro delante del caballo», la ley antes que la gracia, el deber antes que el don. El anuncio de Cristo 6 quien «murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación» (Rom 4, 25) es como la reja del arado que abre el surco en la tierra y nos permite sembrar.

Preparar espiritualmente a los seminaristas para la ordenación es una prioridad para todo obispo y rector de seminario. Pero ¿qué significa preparar espiritualmente a los candidatos al sacerdocio? Para mí significa una cosa concreta: asegurarse de que los candidatos hayan tenido – o sean gradualmente ayudados a tener- una experiencia personal de Jesús. Sin ella, nada les ayudará a resistir la tremenda presión del espíritu del mundo y de la carne.

Jesús le dijo a Pedro: «¿Me quieres?», «apacienta mis ovejas» (Jn 21, 17). Esta palabra tiene un significado mucho más universal que el relacionado con el primado o la traición de Pedro. Establece la ley fundamental de todo servicio pastoral. Éste debe surgir y alimentarse de un amor personal a Cristo. Sólo hay una garantía para un matrimonio feliz: el amor mutuo de los esposos; la garantía de un celibato feliz, libre y fiel es también una sola: el amor a Cristo. Sólo el amor llena la vida y salva de la confusión. El deber, la disciplina, una cierta tendencia al legalismo, el miedo a los superiores: son cosas que pueden mantener las apariencias y ayudar durante algún tiempo, pero no resisten la prueba del tiempo y a la seducción del mundo.

Naturalmente, todo esto, antes de aplicarse a los seminaristas, se aplica a los obispos y a quienes son responsables de su formación. No se pide haber llegado a un amor ardiente a Cristo, como el de Teresa de Ávila o Juan de la Cruz, sino que al menos tendamos hacia él y estemos convencidos de que ahí está la solución a los problemas. Para todos, formandos y formadores. Sin un encuentro y una relación personal con Jesús, por incipiente que sea, todo reposa en las arenas movedizas del corazón humano. Al comienzo de la Evangelii gaudium de nuestro Santo Padre leemos estas palabras:

Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él (EG, 3). 

¿En qué consiste concretamente este famoso «encuentro personal» con Cristo? (Repito aquí algunas reflexiones que hice en mi última predicación de Cuaresma en la Casa Pontificia). Yo digo que es como conocer en vivo a una persona, después de haberla conocida durante años sólo a través de fotografías. Se pueden conocer libros sobre Jesús, doctrinas, herejías sobre Jesús, conceptos sobre Jesús, pero no conocerlo a Él vivo y presente. Para muchos, también bautizados y creyentes, Jesús es un personaje del pasado, no una persona viva en el presente. ¡Hay una gran diferencia entre el personaje y la persona!

Ayuda a entender la diferencia lo que sucede en el ámbito humano, cuando se pasa de conocer a una persona a enamorarse de ella. Uno puede saberlo todo sobre una mujer o un hombre: cómo se llama, cuántos años tiene, qué estudios ha realizado, a qué familia pertenece… Entonces un día salta una chispa y uno se enamora de esa mujer u hombre. Cambia todo. Quieres estar con esa persona, tenerla para ti, tienes miedo de disgustarla y de no ser digno de ella.

¿Cómo podemos conseguir que en muchos se encienda esa chispa hacia la persona de Jesús? Ella no se encenderá en la vida de los candidatos al sacerdocio si no se ha encendido primero -al menos como deseo, como búsqueda y como propósito- en quien se lo inculca. Los seminaristas escuchan las palabras de los formadores, pero lo que miran y lo que les toca la fibra sensible es su vida y su testimonio

Esto no sólo es válido para los seminarios y seminaristas, sino para todo tipo de evangelización. Y puesto que me dirijo a los obispos que no sólo deben pensar en su propio seminario, sino en todo su pueblo, quisiera expresar un pensamiento también sobre este ámbito más amplio. Para consuelo y aliento de quienes trabajan institucionalmente en el campo de la evangelización, quisiera decirles que no todo depende de ellos. De ellos depende crear las condiciones para que esa chispa se encienda y se propague. Pero esto se realiza de las formas y en los momentos más inesperados.

En la mayoría de los casos que he conocido en mi vida, el descubrimiento de Cristo que cambió la vida se produjo al conocer a alguien que ya había experimentado esa gracia, al asistir a una reunión, al escuchar un testimonio, al haber experimentado la presencia de Dios en un momento de gran sufrimiento o de gran felicidad, y – no puedo quedarme callado, porque a mí también me pasó así – de haber recibido el así llamado bautismo del Espíritu.

Aquí vemos la necesidad de contar cada vez más con los laicos, hombres y mujeres, para la evangelización. Ellos están más insertos en la vida cotidiana en la que suelen darse esas circunstancias. También debido a la escasez de personal, a nosotros clérigos nos resulta más fácil ser pastores que pescadores de almas: más fácil alimentar con la palabra y los sacramentos a los que vienen a la Iglesia, que salir al mar a pescar a los que están lejos. Los laicos pueden ayudarnos como pescadores. Muchos de ellos han descubierto lo que significa conocer a un Jesús vivo y como esto llena la vida, y están ansiosos por compartir su descubrimiento con otros.

Los movimientos eclesiales que surgieron después del Concilio fueron para muchos el lugar donde hicieron este descubrimiento y de cristianos nominales pasaron a ser cristianos reales y comprometidos. En su homilía en la Misa Crismal del Jueves Santo de 2012, último de su pontificado, Benedicto XVI afirmó: «Quien mira la historia de la era posconciliar puede reconocer las dinámicas de la verdadera renovación, que a menudo ha tomado formas inesperadas en movimientos llenos de vida, que hacen casi tangible la vivacidad inagotable de la Santa Iglesia, la presencia y la acción eficaz del Espíritu Santo». Además de buenos frutos, algunos de estos movimientos también han producido frutos podridos. Tenemos que recordar el dicho: «No tires al bebé con el agua del baño».

5. Hechos 2, 42-46: «Pedro con los otros once»

La historia de Pentecostés termina con la descripción de la vida de la primera comunidad cristiana. Dos rasgos caracterizan a esta comunidad: santidad y comunión, koinonía. Lo que Lucas traza es el perfil de una comunidad de santos. Se indican también los medios esenciales de esta santidad: la escucha de las enseñanzas de los apóstoles, la fracción del pan, es decir, la Eucaristía y la oración.

Me gustaría señalar un detalle del relato de Pentecostés que se presta a una aplicación actual. En él vemos, por primera vez, el primado de Pedro en su ejercicio concreto. Por tanto, vale la pena observar cómo se ejerce esta primacía, sin pretender que los textos digan más de lo que pretenden decir.

Una cosa llama la atención: Pedro nunca actúa solo: «Entonces Pedro se levantó junto a (syn) los otros once…» (Hechos 2, 14), «Al oír esto, se les traspasó el corazón y dijeron a Pedro y (kai) a los demás apóstoles…» (Hechos 2, 37). Pedro ejerce su papel de manera colegial. La fórmula canónica tradicional de la relación entre el Papa y los obispos es «cum Petro et sub Petro». En el pasado – no se puede negar- se ha acentuado sobre todo el «sub Petro». Ha llegado el momento de devolverle todo su significado también a «cum Petro». El camino sinodal que ha emprendido la Iglesia católica es una señal de que algo está cambiando en este punto.

Creo que todos estamos convencidos del don precioso que es la unidad de la Iglesia católica para el cristianismo y para el mundo entero. Nadie, por tanto, querría renunciar al signo visible y a la garantía de esta unidad que es «el ministerio pedrino». La cuestión ahora es encontrar mejores formas de combinar esta unidad con la diversidad y la pluralidad. No en nombre de la modernidad, sino en nombre del Evangelio, tomando como modelo la Trinidad, donde la colegialidad y la sinodalidad encuentran su modelo divino.

6. Reflexión final

Una última reflexión. Subrayé anteriormente lo poco que los apóstoles habían podido poner en práctica las enseñanzas que recibieron del Maestro durante su tiempo con Él, y cómo todo esto cambió con la venida del Espíritu Santo. Esto tiene algo que decirnos sobre la formación de los futuros sacerdotes en los seminarios y sobre el momento mismo de la ordenación.

Se corre el riesgo de llevar a nuestros futuros sacerdotes al punto en el que estaban los apóstoles antes de Pentecostés. Esto sucede si les enseñamos teología dogmática, derecho canónico, teología moral, ascética, liturgia y todo lo que indica la Ratio fundamentalis, sin ayudarles, sin embargo, a alcanzar una experiencia personal y una verdadera unción del Espíritu. En este caso tendrán todo lo necesario para «funcionar»; institucionalmente como sacerdotes, pero sin tener la fuerza para resistir las tentaciones, perseverar en su vocación y predicar con convicción.

Cómo esta experiencia personal del Espíritu Santo puede acompañar el momento de la ordenación sacerdotal depende de varios factores y puede tener lugar en diferentes contextos. Lo importante es que la ordenación no sea sólo un rito, una unción externa y litúrgica de las manos, sin una verdadera unción del alma, a imitación de la unción real, profética y sacerdotal de Jesús en el Jordán. Alguien ha dicho que la ordenación canónica asegura la sucesión apostólica, ¡pero no necesariamente el éxito apostólico! (En Italiano: assicura la successione apostolica, non il successo apostolico).

Ayuda al ordenando participar en algunos encuentros con laicos que han tenido una fuerte experiencia del Espíritu, o tener un tiempo de retiro y oración, libre de preocupaciones litúrgicas u organizativas. Estar cara a cara con Cristo y tomar conciencia de su infinito amor.

Recordemos el episodio del desafío de Elías a los sacerdotes de Baal en el monte Carmelo. Elías recogió la leña, preparó el sacrificio, roció repetidamente la leña con agua; luego comenzó a orar a su Dios y esperó su respuesta. «Cayó el fuego del Señor y consumió el holocausto, la leña, las piedras y las cenizas, secando el agua del canal» (1 Reyes 18, 38).

Leído espiritualmente, el episodio nos dice que todo lo que hacemos con nuestro esfuerzo – estudios, proyectos, formación- es simplemente recoger leña. Al final todo dependerá de si el fuego del Espíritu Santo desciende sobre nuestro trabajo o no. Sin el Espíritu Santo todo queda «madera húmeda», buenas intenciones y buenas intenciones, sin la fuerza necesaria para ponerlas en práctica. «Sine tuo numine, nihil est in homine, nihil est innoxium», cantamos en la Secuencia de Pentecostés. En una solemne asamblea ecuménica un obispo de rito oriental pronunció estas palabras:

Sin el Espíritu Santo,

Dios está lejos;

Cristo queda en el pasado 

el Evangelio es letra muerta;

la Iglesia, una simple organización;

la autoridad, una dominación;

la misión, una propaganda;

el culto, una simple evocación;

la vida cristiana, una moral de esclavos.

En cambio, con el Espíritu Santo,

el cosmos se levanta y gime en el parto del Reino;

el hombre lucha contra la carne;

Cristo está presente;

el Evangelio es fuerza de vida;

la Iglesia, signo de comunión trinitaria;

la autoridad, servicio liberador;

la misión, un Pentecostés;

la liturgia, memorial y anticipación;

la vida humana es divinizada.

Todo esto no disminuye la importancia del estudio de la teología y de la formación humana, sino que la valoriza al máximo ¡Sin la leña, el fuego no haría tenido nada que encender aquel día sobre el monte Carmelo! Yo bendigo al Señor por todas las oportunidades que me ha dado de adquirir una cultura teológica y humanista, porque he visto lo mucho que todo esto contribuye a dar relevancia al anuncio de la Palabra y, como se dice hoy, a «inculturarla». La gracia se basa en la naturaleza, no actúa sin ella. Hasta que la formación humana y académica permanece un medio, es oro; cuando se vuelve en el fin, es un veneno que todo finaliza a la “carrera” y a realización del proprio proyecto de vida.

Muchas gracias por haberme escuchado y que el Señor bendiga vuestro trabajo durante estos días en Roma. Preparémonos ahora para acoger, con corazón abierto, la palabra de quien, en Pedro, recibió el mandato de «confirmar a sus hermanos» (Lc 22, 32).

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»