18/04/2024

Un general «fascista», un mártir de los comunistas y un cura diocesano español hacia los altares

El Papa Francisco autorizó este miércoles, durante la audiencia concedida al cardenal Marcello Semeraro, Prefecto del Dicasterio de las Causas de los Santos, la promulgación de los decretos de santidad de la beata Marie-Léonie Paradis, y de cinco nuevos venerables, entre los que destacan las vidas de un mártir del comunismo en Polonia, la del perseguido obispo de origen armenio que murió a finales del siglo XX y la de un sacerdote español.

El general «fascista» que subió a los altares

El Siervo de Dios Gianfranco Chiti nació el 6 de mayo de 1921 en Gignese (Italia). A los 15 años ya había entrado a formar parte de la escuela militar de Roma. Antes de recibir su primer diploma en el liceo, como signo de su gran amor a su patria y su fe, hizo una promesa a la Virgen. Le pidió aprobar los exámenes y a cambio él dedicaría el tiempo de sus vacaciones a los pobres.

Desde entonces la Virgen lo acompañó toda la vida. Y allá donde estaba siempre quería una imagen o una estatuilla de la Virgen María para dedicarle un pequeño altar y poder rezarle. A los 22 años, desde octubre de 1941 a mayo de 1943, fue combatiente en los frentes croata, griego y rusos.

Gianfranco Chiti recuerda esos años así:

«Cuando durante la retirada, veía los cuerpos de mis jóvenes compañeros tirados sin vida, me venía el instinto de arrodillarme y besarlos porque morían en vano por las culpas de otros, habían sido arrancados a sus familias y llevado a territorios lejanos a morir. Veía en ellos la imagen del Redentor porque la guerra es efecto de los pecados del mundo. Cuando nos encontrábamos con nuestros enemigos, sin las armas, entre nosotros no había ni odio ni violencia, solo respeto. ¿Cómo habríamos vuelto con vida a Italia, si no fuera por las mujeres rusas que nos dieron de comer lo poco que les quedaba? ¿Quizás veían en nuestros rostros, el de sus hijos y maridos que estaban del otro lado?». 

Toma de hábito como capuchino de Gianfranco Chiti.

Vivió grandes momentos de sufrimiento cuando trataba por todos los medios de llevar vivos a los soldados de ambas partes. Gracias a ellos nació en él el insistente deseo de entrar en la orden de los capuchinos. El 8 de septiembre de 1943 se incorporó a la República Social Italiana (Rsi) -estado títere de la Alemania Nazi- convencido de que trabajaba por el bien de su país. Por esta elección, al final del conflicto, es internado y juzgado en los campos de concentración de Coltano y Laterina.

Pero en 1946, la comisión establecida para juzgar a los militares de la RSI, lo absuelve. El comandante Chiti había actuado siempre manteniendo fe al juramento hecho. Fueron muchos los líderes partisanos y civiles que declararon a su favor. El Padre Flavio Ubodi, vice-postulador de la causa, recordó que gracias a su grado en la RSI, Chiti pudo salvar a cientos de personas, impidió redadas y se opuso a la destrucción de localidades enteras.

En 1944 salvó a más de 200 partisanos del fusilamiento reclutándolos a un curso especial que nunca había existido en su compañía de Granaderos. Los «preparó» y luego los hizo regresar a sus hogares. Y su nombre se encuentra escrito en el «Libro de los justos» de la Sinagoga de Turín por haber salvado algunas familias judías.

Un testimonio importante dijo sobre él: «El teniente Chiti logró salvar al hijo del poeta Giulio Segre tomándolo bajo su protección, sabiendo bien que era judío sin importar de las dificultades y oposiciones puestas por sus superiores».

En 1948 Chiti fue reinstalado en el nuevo ejército italiano y luego fue enviado a Somalia con la ONU. A los 50 años le nombraron primero coronel y luego comandante de la prestigiosa escuela de suboficiales de Viterbo. Formó generaciones enteras que todavía lo recuerdan con admiración y devoción por la disciplina firme y rígida con la que enseñaba pero también por su generosidad, siempre presente en los momentos felices y tristes de sus estudiantes.

Ayudaba mucho a los pobres y él mismo era muy pobre. También era muy conocida su gran devoción a la Virgen de Gracia de Pesaro. A la edad de 57 años es ascendido al rango de general de brigada. Y al año siguiente deja sus condecoraciones para vestir el sayo franciscano agregando a su nombre el nombre de María.

Su nombre se encuentra escrito en el «Libro de los justos» de la Sinagoga de Turín.

Fue ordenado como Gianfranco Maria, con las condecoraciones de los granaderos debajo de su vestidura. En 1990 fue enviado a Orvieto para reconstruir las ruinas del convento de San Crispín, que había sido profanado y cubierto con escritos blasfemos. Instaló una carpa militar bajo las ruinas y sus viejos granaderos vinieron a ayudarlo, convirtiéndola en un oasis de paz y acogida para los más pobres.

Muere el 20 de noviembre del 2004. Quiso que enterraran su cuerpo en el cementerio de Pesaro. Y el 8 de mayo de 2015, el obispo de Orvieto, Benedicto Tuzia, abrió la fase diocesana del proceso de beatificación. Para Fray Gianfranco Maria su mérito más grande fue «cambiar el uniforme de soldado de la patria por la de soldado de Jesús».

Michal Rapacz: mártir por no dejar a su rebaño

El Siervo de Dios Michał Rapacz (1904-1946) fue un sacerdote católico polaco, administrador de la parroquia de Płoki, que fue asesinado por una milicia comunista. El 1 de febrero de 1931 fue ordenado sacerdote mientras estudiaba en la Facultad de Teología de la Universidad Jagellónica. Como en su día su compatriota Juan Pablo II, se ocupó de asociaciones juveniles, fundó un teatro de aficionados y pastoreó a enfermos y pobres.

Después de la ocupación de Polonia por el Ejército Rojo, los comunistas fortalecieron su influencia en la zona de Chrzanów, donde se encuentra Płoki. Se reclutó a los activistas locales y la sección local comunista solicitó la adhesión de Polonia a la URSS. El sacerdote se convirtió en blanco de ataques y comenzó a recibir amenazas.

La sentencia para Michał Rapacz probablemente se dictó en abril de 1946 en una reunión del partido comunista en Trzebinia. El sacerdote fue advertido por uno de los participantes y lo convencieron de que abandonara Płoki, pero el sacerdote se negó, alegando deber pastoral y conciencia. Dijo durante uno de sus últimos sermones: «Aunque tuviera que caer muerto, no dejaré de predicar este Evangelio y no renunciaré a mi propia cruz«.

La noche del 11 al 12 de mayo de 1946, una milicia compuesta por unos 20 activistas comunistas irrumpió en el edificio de la rectoría, siendo testigo la hermana del sacerdote, que dirigía su granja. Encerrada en su habitación por los atacantes, escuchó las palabras más fuertes del sacerdote. Le leyeron la sentencia de muerte, y cuando lo sacaron seguía repitiendo: «Hágase tu voluntad, Señor».

Primero arrastraron al padre Rapacz con una cuerda alrededor de la iglesia, lo golpearon y luego lo llevaron al bosque. Allí lo golpearon en la cabeza con un objeto duro y le dispararon cuatro tiros. Para evitar que nadie pidiera ayuda, los miembros de la casa fueron retenidos hasta las 3 de la madrugada. La Arquidiócesis de Cracovia inició su proceso de beatificación en 1992.

Madre Marie-Léonie: la santa de los curas educadores

Madre Marie-Léonie (1840-1912) fue la fundadora del Instituto de las Hermanitas de la Sagrada Familia, dedicadas al cuidado material y espiritual de los sacerdotes dedicados a la enseñanza.

Nacida en L’Acadie (Canadá), era la única hija de los seis hijos de Joseph Paradis y Émilie Grégoire. Para cubrir las necesidades de su familia, el padre de Élodie alquiló un molino abandonado para serrar madera, moler grano y cardar la lana. Cuando Élodie cumplió nueve años, su madre decidió enviarla al internado de las hermanas de la Congregación de Notre-Dame en Laprairie. El mismo año, su padre se marchó a California en busca de oro.

Tras enterarse por una vecina de la existencia de una comunidad de monjas cercana, Élodie se presentó en el noviciado de las Hermanas Marianitas de Sainte-Croix en Saint-Laurent, cerca de Montreal. Aún no tenía 14 años. Su padre intentó llevarla a casa de vuelta, pero fue aceptada como novicia con el nombre de Sor María de Santa Léonie.

En 1862 fue enviada a Nueva York, donde los marianitas dirigían un orfanato, un taller y una escuela para niños pobres en la parroquia de San Vicente de Paúl. Ocho años más tarde, se unió a la rama estadounidense de las Hermanas Marianitas de la Santa Cruz y fue a Indiana para enseñar francés y costura a hermanas que planeaban convertirse en maestras.

Asombrada por la precaria situación material del colegio en el que trabajaba, debido a la falta de personal de apoyo indispensable para su buen funcionamiento, son Marie-Léonie se reafirmó en su llamado. El 26 de agosto de 1877, 14 mujeres comenzaron a vestir el nuevo hábito. En 1880, los Padres de la Santa Cruz aceptaron la idea de una nueva fundación para las necesidades de sus colegios.

La Madre María Léonie murió el 3 de mayo de 1912, en vísperas de cumplir 72 años. Durante su vida, presidió 38 fundaciones en Quebec, New Brunswick, Ontario y en Estados Unidos, la mayoría en universidades y algunas en obispados. En el momento de su muerte, el instituto contaba con unos 635 miembros.

Élodie Paradis fue beatificada en Montreal el 11 de septiembre de 1984, durante la visita del Papa Juan Pablo II a Canadá. La Iglesia quiso así reconocer a una mujer que supo responder a las necesidades de su tiempo fundando el primer instituto destinado a ayudar a los sacerdotes en su labor educativa.

Obispo armenio encarcelado, torturado e incansable

El decreto del Papa reconoce las virtudes en grado heroico del obispo católico de rito armenio Juan Zohrabián, de nombre religioso fray Cirilo (Guregh, en armenio), que vivió entre 1881 y 1972, y vivió la Primera Guerra Mundial, el genocidio armenio, cárceles turcas, cárceles griegas, la Segunda Guerra Mundial y participó en las cuatro sesiones del Concilio Vaticano II. El cronista y teólogo Heinz Gstrein escribió sobre él el libro 300 latigazos para el obispo. Güregh Zohrabian 1881-1972, misionero capuchino católico armenio.

Nació y creció en la ciudad armenia, bajo dominio turco, de Erzurum. Entró en los capuchinos en Constantinopla en 1894. Tomó el nombre de Cirilo por San Cirilo de Salónica. De vuelta a Erzurum, fundó un orfanato, una escuela primaria, una secundaria y un nuevo templo. Pero con la persecución turca contra los cristianos armenios y orientales en 1914, tuvo que huir.

Los capuchinos le instalaron como capellán y profesor en Constantinopla, pero en noviembre de 1914 las autoridades turcas cerraron la universidad católica y expulsaron al clero católico. Intentó quedarse pero los turcos le encontraron y encarcelaron en 1916, en un campo de prisioneros donde pasó 4 años atendiendo a prisioneros griegos e italianos.

Liberado en 1920 (¡dos años después de la guerra!) intentó seguir con la pastoral de prisioneros, pero en 1923 le volvieron a arrestar las autoridades turcas (por hacer una misa clandestina en una barraca) y lo condenaron a muerte en la horca. En la cárcel en Constantinopla le apalizaron y torturaron varias veces, pero cambiaron la pena de muerte por la expulsión del país.  

Fue a Roma y de allí a Grecia (en parte por casualidad, por una tormenta navegando), donde había muchos refugiados armenios. Allí permanecería hasta 1936 como capellán principal de los armenios católicos en Grecia, y ofreciendo ayuda a todos, católicos u ortodoxos, impulsando escuelas y orfanatos en Atenas y otras ciudades. Pero el clero ortodoxo griego era muy anticatólico e instigaba a las autoridades civiles griegas para entorpecer su trabajo.

Finalmente, el Gobierno griego lo expulsó en 1936. Sirvió como misionero armenio en Siria hasta que las autoridades le expulsaron en 1949. En 1940 fue nombrado obispo auxiliar en Cilicia. En 1953 Turquía reafirmó su prohibición a dejarle entrar en el país, por lo que pasó a servir a los armenios de Europa y América Latina, visitando Argentina, Uruguay, Brasil, Venezuela y Colombia. Escribió en 1965 sus «Memorias de una vida misionera». Murió en la comunidad capuchina de Palermo, en Italia, en 1972, y el obispado de Palermo abrió su causa de beatificación.

Sebastián Gili Vives, pionero social en Mallorca, fundó las Agustinas del Amparo

El Papa reconoce también las virtudes heroicas de un sacerdote diocesano de Mallorca, Sebastián Gili Vives (Artá, 1811-Palma de Mallorca, 1894), que fue un pionero en la acción social y fundó las Agustinas Hermanas del Amparo, que tienen 8 colegios hoy en Baleares y comunidades en Perú, Honduras, Nicaragua, Panamá y varios lugares de la España peninsular.

A mediados del siglo XVIII, como sacerdote joven, fue el responsable de la casa de la diputación provincial para recoger bebés abandonados en Palma (tenía hasta 250 niños, que amamantaban en casas unas amas de cría campesinas que cobraban algo por la lactancia). A veces las amas aceptaban adoptar al niño, otras veces el niño, a los 6 años, pasaba a una casa de misericordia. Las malas cosechas, la viruela y la crisis de 1846 y 1847 golpearon especialmente a la sociedad de la isla.
 
En 1859 fundó las Agustinas Hermanas del Amparo, para ayudar a los necesitados. En 1868, al implantarse la Primera República, el sacerdote fue destituido de sus cargos caritativos (tras 24 años de servicios sociales eficaces), y se dedicó a fortalecer la congregación que había fundado, que se extendió por Mallorca e Ibiza. Cuando murió a los 83 años, las Agustinas del Amparo contaban con 18 casas y 113 hermanas.

Magdalena Rosa Volpato: intercesora por la unidad, muerta a los 28 años

Magdalena Rosa Volpato (1918-1946) nació, octava de nueve hijos, en una familia campesina cerca de Treviso, Italia. En su parroquia fue catequista y responsable de Jóvenes de Acción Católica. Durante la Segunda Guerra Mundial, en 1943, la aceptaron, pese a su mala salud, en la Congregación de las Hijas de la Iglesia, fundada poco antes. Tomó el nombre de Magdalena de Santa Teresa del Niño Jesús. Oraba especialmente por la unidad de la Iglesia y por ella ofrecía sus sufrimientos y su enfermedad.

Hizo ofrecimiento explícito de su vida por la unidad de la Iglesia. Al final de la octava de oración por este motivo, quedó bloqueada en la cama, con dolor. El hospital, en plena guerra, no podía hacer mucho por ella. Durante año y medio ofreció esos sufrimientos a Dios. El Patriarca de Venecia aceptó sus votos y murió pocos días después en el Hospital del Mar de Venecia. Muchos la recuerdan en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos y la consideran una intercesora en esta intención. Su proceso de beatificación empezó en 1968. Ahora el Papa reconoce su virtud en grado heroico. 

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»