16/04/2024

«El Problema de los Tres Cuerpos»: sin un Dios de amor, la gente adorará al mero poder y a la fuerza

El problema de los tres cuerpos es una teleserie de Netflix, a la vez intrigante, fascinante e inquietante, pero menos inquietante que la ambiciosa trilogía de 1.700 páginas en la que se basa con bastante fidelidad.

Las novelas, que el ingeniero chino Cixin Liu empezó a publicar en 2006, han vendido millones de ejemplares, ganando los grandes premios de ciencia ficción: el Hugo de 2015, el Locus de 2017 y otros.

Hemos leído la trilogía y hemos visto los 8 capítulos de la primera temporada podemos y ofrecer algunas reflexiones. La principal es esta: nos inquietan «los malos» de la serie, pero nos inquietan mucho más las soluciones que parece proponer la mentalidad china (y no solo china) en el mundo real, lo que parece una cultura de geopolítica despiadada donde los débiles no pintan nada.

Los cineastas de Juego de Tronos, ¡sin sexo ni desnudos!

En primer lugar, hay que recordar que los cineastas al cargo son David Benioff y DB Weiss, los responsables de la teleserie de Juego de Tronos, famosa por sus intrigas, traiciones, crueldades y muchos desnudos absurdos, muchos más incluso que en las novelas, que no eran nada recatadas.

Parece como si alguien les hubiera retado: «¿A que no podéis hacer una teleserie sin tetas y sexo?» «¿Cómo que no? Ahora verás». O quizá es la aportación del guionista Alexander Woo (premiado por True Blood, popular por la teleserie El Terror).

Efectivamente, en 8 capítulos de una hora, no vemos en Los Tres Cuerpos ni una sola escena de sexo, ni un desnudo erótico. Hay cuerpos desnudos que despiertan de un sueño, sin carga erótica, como un cuadro renacentista sobre el Juicio Final, y una protagonista, Agustina Salazar (Eiza Gonzalez) en ropa interior vomitando por beber mucho.

En cuanto a violencia, hay menos y es menos refinada que en Juego de Tronos. Personajes de nuestra época entran en un videojuego donde pueden morir (en ficción) quemados, decapitados, hervidos en agua, pero sin detalles. Y hay una escena de masacre de cientos de civiles con una tecnología que trocea los cuerpos, con bastante sangre, y torsos partidos. Matan así a muchos niños, aunque en pantalla sólo vemos explícitamente la muerte de adultos (muchos).

Atención: los asesinos son «los buenos», con el argumento de que «estamos en guerra» (aunque nadie la declara). Recordarlo y beber para olvidar es lo que hace vomitar a Agustina.

Por estos factores, probablemente la serie no es recomendable para menores de 14 años. Si alguno de 12 o 13 insiste mucho, se le puede decir «léete antes el libro» (el primero tiene 400 páginas).

La violencia: ¿el hombre es sólo carne?

Una superarma de «los buenos» trocea a todos esos civiles en un barco, familias enteras, considerándolo necesario para que no escondan o destruyan cierto artefacto. En el libro de Cixin Liu apenas se plantea el dilema ético.

– Parte de la tripulación trabaja allí sin tener la menor idea de cuál es el propósito del barco – señaló un oficial de la CIA.
No debe usted preocuparse de esas cosas, profesor – intervino el general Chang; -al fin y al cabo, los mensajes que queremos obtener son claves para la supervivencia de la civilización humana, y quien asuma la decisión final de proceder con el plan será otro.

Ya en la novela no hay más cuestionamiento de esa decisión: el fin justifica los medios. O quizá simplemente el escritor solo quería justificar la escena impresionante de la destrucción del barco, que en la serie es realmente impresionante y merecería pantalla grande. Pero los cineastas sí quieren que se vean a las víctimas cortadas por la mitad, esos trozos de carne. No las invisibilizan ni desdeñan como el novelista, y Agustina lo planteará varias veces.

Los científicos en la serie dicen: «la última vez que se dieron tantos recursos a científicos el resultado fue Oppenheimer y la bomba atómica». En la serie, los científicos se plantean negarse: en los libros, ni se lo piensan. La decisión es de «otros», del poder, y a Cixin Liu, el escritor chino, ya le está bien.

En la novela de Cixin Liu los protagonistas son casi todo chinos, aquí son varios científicos en Inglaterra: una hispana, una china-vietnamita, unos ingleses…

Los 8 capítulos disponibles cubren el primer libro y fragmentos del segundo y tercero. Hay en el tercero una escena, en el futuro lejano, en que muchos humanos, sintiéndose derrotados, aceptan ser concentrados por sus enemigos en una gran isla, pensando que con su tecnología superior al menos les alimentarán, como en una reserva o un zoo. Pero los vencedores, una vez los han reunido, les dicen: «¿Comida? Tenéis mucha, mirad a vuestro alrededor». Les quieren imponer el canibalismo hasta alcanzar un número sostenible: la humanidad del futuro reducida a carne que devora carne.

Otra escena en esta línea materialista cruda (perdón por la broma) se da cuando a cierto personaje le quitan el cerebro (tras firmar un rutinario protocolo de eutanasia) y lo congelan, esperando que con tecnología superior (quizá futura) se le pueda revivir: de nuevo, la persona son sólo unos kilos de carne.

La teleserie no llega a esa época futura, pero en los últimos capítulos los enemigos dejan muy claro lo que piensan de los humanos: «sois bichos, sois insectos«. Ante el poder apabullante del enemigo, muchos se rinden o evaden, mientras que otros deciden luchar. Pero uno debería plantearse si esas formas de luchar nos deshumanizan.

El policía (en la serie y en la novela) plantea que los insectos se las arreglan para sobrevivir a muchas cosas. Podemos responder que con técnicas de insectos, no con humanidad, amor, compasión, belleza…

La teleserie de Juego de Tronos finalizaba, tras mucha violencia y traiciones y matanzas y cinismo, con «la inesperada fortuna de los hijos de madre viuda» y, como en el Magníficat, se «enaltece a los humildes». Allí, casi todos los que suscitaron masacres de civiles acabaron mal. A medida que se alargue Los tres cuerpos, parece que Benioff y Weiss querrán visibilizar cosas que Cixin Liu tiende a dejar de lado, incluyendo los débiles e inocentes, que el chino no suele enaltecer.

Dios y las explicaciones

El Problema de los Tres Cuerpos empieza con un misterio: una serie de físicos se suicidan en distintos países, sin que haya conexión entre ellos. Dicen que la física ya no funciona, descubren cosas absurdas en las fuerzas naturales, colapsan. Es tan grave que surje la pregunta: ¿es Dios mismo quien está actuando contra las leyes físicas?

¿Crees en Dios? -pregunta un científica desconcertada a Saul, un físico vividor y poco exitoso que ganará importancia poco a poco.
¿A eso llegamos? No. No creo en Dios. Acepto que esto desafía todas las leyes de la física, pero no justifica la existencia de Dios.
¿Qué otra explicación hay? -dice ella, antes de suicidarse (quizá si Saúl le hubiera hablado de Dios, de Cristo, de la vida eterna, ella no se habría suicidado).

La otra explicación es una megaconspiración de seres superpoderosos o superavanzados. Tanto los libros como la serie entran en «cosas grandes», cada vez más grandes: distancias cósmicas, otras dimensiones, siglos y milenios…

Cixin Liu no parece tener mayor simpatía ni aprecio por la religión. En sus tres libros, cuando la humanidad se enfrenta a retos brutales, apenas menciona la experiencia religiosa, y no como fuente de acción o esperanza.

En una escena del primer libro, un personaje acude a pedir a un buda que su nueva divinidad «se aleje del mar de la amargura». En el tercer libro, en una crisis mundial, hay un mensaje papal breve, para dar algo de color. Después, los cristianos parecen desaparecer de la historia humana. En otras escenas, la gente mira a cierta heroína como a «la Virgen María» (pero lo mismo podían mencionar a una diosa china cualquiera).

Por cierto, que Mike Evans, el jefe amable de la secta «mala», es interpretado por Jonathan Pryce, el actor que hacía de Gorrión Supremo (líder religioso) en Juego de Tronos  y que se parece mucho al Papa Francisco. ¿Casualidad?¿Conspiración cósmica?

Adorar simplemente al poder

En los libros, el instinto religioso y el poder fáctico van de la mano, porque los rivales de la humanidad son verdaderamente poderosos y la humanidad parece gestionar mal su planeta. Así, un grupo de humanos deciden servir fanáticamente (tipo secta china, podríamos decir) a «Nuestro Señor» o «Su Señoría», esa fuerza que quiere dominar el planeta y que parece poder hacer de todo. En ellos ponen su fe y esperanza.

Es una «divinidad» que quizá no tenga amor, pero tiene poder y capacidad de escucha, y eso ya es bastante para la mentalidad pagana (es decir, para quien no ha conocido el amor de Cristo, y el poder del débil, del inocente en la Cruz).

Varios personajes quedan fascinados por un misterioso videojuego de realidad virtual. Emperadores chinos, pero también el Papa Gregorio XIII, piden en ese juego que resuelvan unos enigmas científicos. El primer paso es despreciar el misticismo del I Ching y apostar por la ciencia empírica.

Un Papa pro-ciencia como mero fanático

En otra escena, el Papa Gregorio (en la teleserie acompañado por Tomás Moro, muerto bastante antes) se enfadan ante la solución propuesta (aunque es correcta) considerándola herejía y piden ejecutar a los protagonistas.

En los libros nunca se insiste en que la religión lleve a frenar la ciencia (sí el misticismo y la adivinación), pero a veces se sugiere. Y frenar la ciencia es lo peor para Cixin Liu, porque solo en ella hay salvación.

Lo curioso es que, en la vida real, Gregorio XIII, que fue Pontífice 13 años, desde los 70 hasta su muerte en 1585 (treinta años antes del «caso Galileo») fue un promotor de las ciencias, apoyó a los jesuitas y al oratorio de Felipe Neri, impulsó colegios de buen nivel científico para sacerdotes, envió misioneros bien formados a China, India y Japón (y recibió una embajada de japoneses). ¡Es el que nos dio el actual calendario! Gracias a él y sus astrónomos católicos, incluyendo varios españoles, tenemos el actual calendario gregoriano (el anterior, de Julio César, acumulaba días de error). España y Portugal lo extendieron por el mundo: los países protestantes y ortodoxos tardaron décadas o siglos en aceptarlo mientras Filipinas y Perú ya lo usaban.

Pero a este reformador valiente el videojuego lo presenta como un fanático rápido para ordenar ejecuciones (pero parece pensar en él como un emperador chino más). En su trono está el emblema de los tres círculos, y no la cruz.

Los comunistas contra el Big Bang, por deísta

Pero Cixin Liu sabe que la interferencia contra la ciencia puede venir también del odio a la religión. Así, la serie empieza con la Revolución Cultural china, cuando unos estudiantes fanatizados, adolescentes, arremeten contra un sabio físico por explicar la Teoría del Big Bang, porque «da pie para que atribuyan a Dios» la creación del tiempo. Es la antirreligión contra la ciencia, por fanatismo ideológico.

La hija del sabio perderá toda esperanza en la humanidad: las masas son idiotas y fanáticas. Por eso busca «otro poder», que no es el amor, ni Dios, sino una fuerza y tecnología mucho mayor. Los que la sigan desarrollarán un fanatismo que ellos consideran realista, y los demás derrotista.

Hay que tener en cuenta que el padre del novelista también sufrió la Revolución Cultural: era un técnico en minería en la capital y lo enviaron a unas minas lejanas, con su familia, incluyendo al pequeño Liu, que recuerda a los guardias rojos y sus fusiles. Más adelante, el niño pudo vivir en el campo con sus abuelos. La escena de la Revolución abre la novela en inglés, pero en la versión original china está muy escondida, y desde luego no sale apenas en la teleserie china de 30 capítulos (que no hemos podido ver).

Para Cixin Liu, la salvación está en la ciencia organizada, en poner recursos al servicio de grandes mentes, de élites, que tengan claro lo que quieren hacer. Tiene claro que hay civilizaciones superiores (las que tienen mejor tecnología, no hay otro criterio) e inferiores.

A veces, una historia de amor puede hacer avanzar tramas en las novelas, sobre todo tramas de sacrificio. Hay quien no se sacrificará por la humanidad, pero sí por su amada. Los «buenos» de Cixin Liu piden bastantes sacrificios, en las novelas por ética militar, en la serie se enfatiza menos.

Los jóvenes fanáticos de la Revolución Cultural China cargan contra el viejo profesor porque habló del Big Bang y eso daba pie a Dios.

En una entrevista en 2019 el escritor declaró que le parecía bien que el Gobierno chino meta en unos 400 campos de reeducación a los uigures (de cultura musulmana), porque así se evita pobreza y terrorismo. Cinco senadores de EEUU protestaron recordando que a los uigures se les somete a persecución religiosa, trabajos forzados, y aborto y esterilizaciones forzadas (son demasiado fértiles para el gusto de la China comunista).

La serie mejora los personajes del libro

La teleserie de Netflix no se puede seguir en China: la han bloqueado por su trato de la Revolución Cultural. Algunos chinos que la ven en plataformas piratas protestan que «el lío» se inicia en China, pero las soluciones y los héroes Netflix las coloca en Londres (en la novela, todo el primer libro se centra solo en China).

Wang, el aburrido protagonista solitario de la primera novela, que no interviene en las siguientes obras, así como chino más de la segunda novela, son sustituidos en la serie por un grupo de amigos científicos: la hispana con reparos, la china con novio militar indio, el negro hedonista, el nuevo rico simpático inglés y el físico mediocre enfermizo que piensa que su vida no ha dado casi ningún fruto. La verdad es que la primera novela y su insulso protagonista son lo más flojo de la trilogía y la teleserie lo mejora con estos personajes. El policía chino simpático y perspicaz se mantiene, pero aquí es un chino de Manchester.

Temas importantes del segundo libro, como las «cadenas de sospecha» y el «bosque oscuro», no se mencionan en esta temporada. Hay material para toda una segunda temporada, quizá incluso para una tercera, cada vez más grandiosas y cósmicas, alargándose en siglos futuros, con la humanidad asumiendo distintas actitudes ante sus retos.

Queda por ver si los cineastas van a seguir llenando los «puntos ciegos» del novelista, desinteresado en la clemencia hacia los inocentes y una espiritualidad de base ética.

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»