19/06/2024

«Abuela» de la Renovación Carismática y maestra de Gema Galgani: Elena Guerra será canonizada

La Santa Sede ha anunciado que la Iglesia considera probado un milagro por intercesión de la religiosa Elena Guerra (1835-1914), fundadora de las Oblatas del Espíritu Santo, maestra de Santa Gema Galgani, pero conocida sobre todo como la «abuela» de la Renovación Carismática Católica (corriente que en su vertiente católica no surgiría hasta 50 años después de su muerte).

Elena Guerra insistió en pedir a los Papas de su época una mayor devoción al Espíritu Santo, que argumentaba con fuerza: «es quien de verdad puede renovar la faz de la Tierra», insistía. La beatificó en 1959 Juan XXIII, que apreciaba su cercanía al Espíritu Santo y que se inspiró en ella y sus textos cuando escribió su oración al Espíritu Santo en la convocatoria del Concilio Vaticano II: «dígnese el Divino Espíritu escuchar de la forma más consoladora la plegaria que asciende a Él… ¡renueva en nuestro tiempo los prodigios como en un nuevo pentecostés!».

Entre 1895 y 1903, Elena Guerra escribió 12 cartas vehementes al Papa León XIII pidiéndole una predicación renovada sobre el Espíritu Santo. León XIII acabó aceptando y encargó un breve llamado Provida Matris Caritate en el que pedía a la Iglesia una novena solemne al Espíritu Santo entre Ascensión y Pentecostés. Elena organizó entonces grupos de oración que llamaba «Cenáculos permanentes» para pedir la venida del Espíritu.

Sin embargo, esa devoción al Espíritu no acababa de consolidarse entre el pueblo, y Elena se escandalizaba viendo que había «novenas y más novenas» a todo tipo de devociones y no se asentaba este culto de petición al Espíritu Santo.

La noche de cambio de siglo: Dios en Topeka, Kansas

Entonces llegó la noche en que moría el siglo XIX y nacía el siglo XX: el 31 de diciembre de 1900. León XIII organizó una velada de oración en San Pedro y a las doce de la noche el Papa entonó ante todos el himno Veni Creator Spiritus.

Lo que ella no sabía era lo que pasaba en la otra punta del mundo. Aquí es donde los carismáticos católicos entroncan con la tradición de los carismáticos protestantes y recuerdan que esa misma noche, en Topeka, Kansas, un misionero metodista y un grupo de jóvenes que estudiaban la Biblia descubrieron la conexión entre la oración en lenguas y el «bautismo en el Espíritu Santo». El misionero planteó: «¿Qué pasaría si mañana orásemos para recibir el Espíritu Santo tal como describe la Biblia, con ese hablar en lenguas?». Pasó esa noche, y llegó el 1 de enero, y rezaron todo el día, sin observarse nad apeculiar.

Entonces una joven llamada Agnes Oznam recordó que en esos pasajes de Hechos (Samaría, Damasco, Éfeso) se hablaba de un gesto: la imposición de manos. «Pastor, ¿oraría usted por mí con ese gesto de la imposición de manos, para que reciba el Bautismo en el Espíritu?», le pidió. Él lo hizo y Oznam escribiría después su experiencia así: «como si un fuego ardiese en toda mi persona, palabras extrañas de una lengua que jamás había estudiado me venían espontáneamente a los labios y me llenaba el alma de alegría indescriptible, como si brotasen ríos de agua viva de lo más profundo de mi ser».

El gesto de imponer las manos y pedir un derramamiento del Espíritu Santo es una clave de la Renovación Carismática:

Ese fue el origen moderno (o recuperado) de la práctica que suma imposición de manos, oración en lenguas y efusión del Espíritu, común hoy a unos 400 millones de cristianos, entre pentecostales y carismáticos católicos o protestantes.

Tal como se suele contar en la Renovación Carismática Católica, la Renovación y la difusión del «bautismo en el Espíritu» (o «efusión del Espíritu») fue una respuesta de Dios a una oración insistente de la beata Elena Guerra, que decía así:

Benignísimo Jesús,
mandadnos vuestro Espíritu con su Luz, para que seáis mejor conocido.
Mandádnoslo con su Fuego, para que seáis más amado.
Mandádnoslo con sus Dones, para que seáis verdaderamente imitado.
Amén.

Un ejemplo de la explicación que se suele dar en la Renovación Carismática sobre la relación entre Elena Guerra, la devoción al Espíritu y los Papas:

A la vez estudiosa y caritativa

Elena Guerra no era una loca de Dios pobre e inculta. Nació en 1835 en una familia católica bastante rica de Lucca, Italia. Desde niña estudiaba la Biblia y a los Padres de la Iglesia.

También colaboraba en las obras de caridad de las damas de San Vicente de Paúl y con las Hijas de María. Se volcó con los pobres durante la epidemia de cólera que golpeó su región siendo joven.

En abril de 1870, con 35 años, realizó una peregrinación a la ciudad de Roma con su padre, Antonio Guerra. En las catacumbas de los Mártires, sintió una profunda experiencia de Dios y el deseo firme de consagrar su vida al Señor. En ese mismo viaje visitó al Papa Pío IX y ofreció a Dios su vida por los frutos de su pontificado.

Después, con unas amigas, formó una asociación llamada «Unión de las Amistades Espirituales bajo la advocación de María Santísima, Madre del Bello Amor”, que se extendió rápido por Lucca y ciudades cercanas como Castelnuovo y Florencia.

En 1872, Elena y sus amigas transformaron esa «unión» en las Hermanas de Santa Zita (una santa virgen cuyo cuerpo incorrupto se venera en Lucca), dedicadas a educar a la juventud femenina. Entre las alumnas que trató personalmente Elena estuvo Santa Gema Galgani, que estudió con ella desde los 11 a los 15 años (Gema, famosa por sus estigmas y otros fenómenos sobrenaturales, murió en 1903 con 25 años).

La ayudante de cocina le dio un mensaje de Dios

En los años 80 y 90 Elena ya veía la necesidad de fomentar la devoción al Espíritu, pero no adquirió el valor para ello hasta que en 1893 su ayudante de cocina, «Ermínia Georgetti, una señora muy sencilla, ignorante de los conocimientos del mundo pero, bien cimentada en las virtudes cristianas» le dijo que Dios le insistía en la comunión que le dijese a Elena «que convocase a Mi Corazón a todos los fieles en una oración universal por medio de la devoción del Nuevo Cenáculo», y más aún, «que escriba una carta al Santo Padre, pidiéndole que reúna a todos los fieles en una continua oración».

A través del obispo Giovanni Volpi (padre espiritual de estas religiosas) hizo llegar sus ideas a León XIII en 1894. Le escribiría 12 cartas en esa línea.

El estilo se parece en algunas cosas, y se diferencia en otras, a lo que uno podría escuchar hoy en un grupo de Renovación Carismática:

«Santo Padre, el mundo es perverso, el espíritu de Satanás triunfa en nuestra sociedad pervertida y arranca del Corazón de Jesús una multitud de almas; y en este terrible estado de cosas los cristianos no dedican ningún pensamiento a dirigir súplicas unánimes a Aquel que puede ‘renovar la faz de la tierra’... Las personas recomiendan todo tipo de devociones, pero mantienen silencio sobre esa única devoción que, según el Espíritu Santo de la Iglesia, debería ser la primera y principal».

E insistía la religiosa: «Las personas recitan tantas novenas, pero esa única novena, que por mandato de Nuestro Salvador en persona, fue recitada incluso por la Santísima María y por todos los Apóstoles, está ahora casi olvidada. Los predicadores alaban a todos los santos, pero ¿cuándo escuchamos alguna vez un sermón en honor del Espíritu Santo, Aquel que modela a los santos? Por lo tanto, oh Santo Padre, sólo usted puede hacer que los cristianos vuelvan al Espíritu Santo, de modo que el Espíritu Santo pueda volver a nosotros; derrote el reino maligno del diablo, y concédanos la largamente ansiada renovación de la faz de la tierra», escribía Elena Guerra, que al fin y al cabo no era más que una monja de provincias.

El nuevo Cenáculo: orar sin cesar al Espíritu

Elena empezó a escribir libritos sobre el Espíritu, incluyendo una novena de oración que llamó “El Nuevo Cenáculo”. Enviaba sus libros al Papa, que en 1897 la recibió y le alentó a perseverar. También permitió que «las zitas» (como aún se llaman popularmente en Italia) pasaran a llamarse Oblatas del Espíritu Santo.

Muerto León XIII, Elena sufrió por maniobras de personas enemigas y tuvo que renunciar como superiora y vivió los últimos 7 años de su vida sola, aislada de sus hermanas e hijas espirituales. Tras su muerte, el cardenal Lorenzelli investigó los hechos y dijo: «Encontramos oro donde creíamos que había basura, y basura donde creíamos que había oro».

Su prestigio quedó restituido. Hoy tiene admiradores y discípulos espirituales entre las oblatas y en Lucca, pero sobre todo entre católicos carismáticos de todo el mundo que la ven como la «abuela» de la Renovación.

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»