21/02/2024

Católicos en la Alemania comunista: Monika y Anton cuentan la experiencia opresiva que vivieron

Una conversación con el matrimonio formado por Monika y Anton, mantenida en su casa de Berlín, sobre las limitaciones, pero también sobre las posibilidades de vivir la fe en un país comunista. Aunque han pasado ya tantos años desde la desaparición del régimen de vigilancia de la RDA [República Democrática Alemana], lo tienen tan interiorizado que prefieren que no se publique ni su apellido ni una foto.

Resistiendo a la Jugendweihe, la ceremonia de iniciación socialista

Anton, de 76 años, ha pasado toda su vida en la extinta RDA, pues desde que cayó el Muro sigue viviendo en el antiguo Berlín este. Su familia procedía de la región del río Oder, pero se trasladó a Brandemburgo en 1945: “Mi madre, que ya entonces tenía cinco hijos, huyó a finales de la guerra hacia esta región; yo nací un año más tarde, en 1946, en la capital del distrito, Belzig, que hoy se denomina Bad Belzig. Mi padre se reunió allí con nosotros, después de pasar por un campo de prisioneros. En Belzig acudí a la escuela, al igual que mi mujer, Monika, aunque no nos conocimos entonces.”

Su esposa Monika asiente: “Anton iba a la clase de mi hermano; sabía que él era católico y, como yo no pertenecía a ninguna iglesia, me mantenía alejada de él”.

En 1961 –según relata Anton– pudo ingresar en la Oberschule (bachillerato superior) sin necesidad de celebrar la Jugendweihe, una ceremonia atea de iniciación sustitutiva de la Primera Comunión de los católicos o de la Konfirmation de los protestantes. Aun así, ya entonces se ejercía cierta presión: “Llamaron a mi padre –dice– para preguntarle por qué no la hacía. Mi padre respondió: ‘¿Hay alguna ley que lo exija? Si no es así, el asunto queda zanjado’”.

El Muro de Berlín

Esto sucedía en septiembre de 1961, un mes después de que, el 13 de agosto, se construyera el “Muro” (“antifascista” para los unos, “de la vergüenza” para los otros). 

La célebre fotografía de Peter Leibing (1941-2008), tomada el 15 de agosto de 1961, que captura el momento en el que el soldado Conrad Schumann (1942-1998) deserta y huye al sector francés de Berlín en uno de los escasos pasos que habían quedado tras la construcción del Muro dos días antes.

A la pregunta de si –antes de que se construyera, cuando era relativamente fácil ir a Berlín occidental– no habían pensado en salir de la RDA, Anton expone que, con seis hijos y con un puesto de trabajo, sus padres no se plantearon esa posibilidad: “Tres de mis hermanos iban además a la Universidad”.

La marginación sistemática de la Iglesia

En cuanto al espacio que ocupaba la religión en el “sistema RDA”, el matrimonio explica que la expulsión de la religión de lo público fue más bien un proceso paulatino: “Durante los primeros años, en la escuela primaria, los niños protestantes acudían a las clases de religión; los católicos, que éramos pocos, las teníamos aparte. Las clases de religión se prohibieron en 1956. Entonces comienza de forma sistemática la supresión de la Iglesia en la vida social. En 1958 se impone la ‘formación atea’ en todos los ámbitos de la educación, desde el jardín de infancia hasta la universidad. En la universidad de Jena se creó en 1963 una cátedra dedicada al ‘ateísmo científico’, dirigida por Olof Klohr (1927-1994). En todas las carreras había ideología marxista-leninista. Después de 1961 la presión ideológica se hizo mucho mayor. La iglesia, tanto la católica como la evangélica, seguía existiendo, sí, pero quien formaba parte de ella sufría desventajas”.

¿Hubo también una persecución abierta? Anton recuerda “algunos procesos contra sacerdotes; además, también se produjeron ‘accidentes’ que nunca se llegaron a esclarecer”. Para ejemplificarlo cuenta cómo su párroco le comentó que, siendo sacerdote joven, se le acercó una atractiva joven con intenciones inequívocas: “Eran los métodos de la Stasi para chantajear a sacerdotes jóvenes”.

La vigilancia de la Stasi

Anton estudió Teología en la única facultad eclesiástica de la RDA, en Erfurt: “Por ser una facultad eclesiástica, la Iglesia podía decidir qué profesores enseñaban allí. En las facultades evangélicas decidía sobre esto el Estado. Sin embargo, me di cuenta que el sacerdocio no era para mí. Dejé el seminario y comencé a trabajar en una empresa farmacéutica en Berlín”. Allí no ocultó que era católico; tiempo más tarde, una compañera de trabajo le confesó que tenía que enviar un informe sobre él cada cuatro semanas.

Como ejemplo de represión habla de cuando Juan Pablo II visitó por primera vez Polonia. Entonces, miles de ciudadanos de la RDA –que no podían viajar a Roma– fueron a verle allí, pues era relativamente sencillo viajar a Polonia: “Los miembros del partido se asustaron por la gran cantidad de personas que fueron a ver al Papa y los ficharon a todos ellos. Un miembro del Partido, con quien me llevaba bastante bien, me dijo: ‘No digas nada, pero que sepas que a partir de ahora os vamos a vigilar muy de cerca’.

El ambiente de vigilancia llegaba a tales extremos –añade Monika– que “incluso los niños se tanteaban unos a otros para saber quiénes pensaban como ellos.” También menciona un ejemplo de persecución directa: “El director de nuestra escuela estaba casado con una protestante; cuando ésta falleció, siguiendo su deseo, quiso que fuera enterrada en un cementerio cristiano. El resultado fue que lo expulsaron de la escuela”.

Un congreso para la Jugendweihe [Consagración Juvenil], bajo el lema ‘Un compromiso con la grande y noble causa del socialismo’.

Para los cristianos, “el ambiente se iba enrareciendo cada vez más –continúa Anton–; por ejemplo, a partir de cierto momento, sin la Jugendweihe de la que hablábamos antes, no se podía acudir a la escuela secundaria. El argumento era que los que acuden a la escuela serían los futuros dirigentes y para ello tenían que ser socialistas convencidos. Los profesores que eran creyentes se lo pensaban muy bien si seguían yendo a la iglesia; algunos incluso iban a otro barrio donde no los conocían. No había ningún juez, ningún director de empresa, ningún director de escuela que fuera cristiano. Los cristianos estaban siempre en un segundo o tercer nivel”.

Las fiestas cristianas fueron abolidas; en lugar de Navidad se celebraba la “fiesta de la paz”. En este contexto, Monika menciona un ejemplo de lo que sucedió con su hija Eva, en el jardín de infancia: cuando se acercaba la Navidad, habló de Dios. Inmediatamente me llamaron para decirme que dejara de hacerlo porque a ese Kindergarten iban también los hijos de altos funcionarios del Ministerio del Interior y la educadora podría tener problemas.

El «cielo» de Cáritas

La vida de la familia dio un giro notable cuando Anton comenzó a trabajar para Cáritas. Todo comenzó con una casualidad: “En 1981, a la salida de una Misa en la catedral, me encontré con un compañero de estudios que entretanto había llegado a ser director de Cáritas. Me comentó que estaban buscando a alguien que se ocupara de la formación de los empleados. En Alemania occidental, Cáritas es una asociación registrada, independiente; en la RDA formaba parte de la Iglesia católica, de cada una de las diócesis. Comencé a trabajar como director de formación del personal sanitario en los hospitales católicos. En la RDA había 32 hospitales católicos integrados en el sistema de salud del Ministerio de Sanidad; sin ellos, la Sanidad habría colapsado. Además, a los discapacitados los dejaban en manos de la Iglesia. Los propios funcionarios del Partido buscaban ser atendidos en hospitales católicos o evangélicos. Por ejemplo, el autor comunista Bertolt Brecht murió en un hospital católico”.

En 1985 se introdujo la asignatura de Ética en Medicina; como en todas las carreras, también ellos tenían que estudiar teoría social, filosofía, sociología y economía política marxista-leninistas. Dice Anton: “En Cáritas nos planteamos cómo hacerlo en la formación de las enfermeras y conseguimos que, además del marxismo-leninismo, en la asignatura de Ética pudieran estudiar la doctrina de la Iglesia. Especialmente orgulloso estoy de que logramos que los fines de semana, de viernes a domingo, un médico de Alemania occidental, de Bingen, diera cursos sobre el acompañamiento de enfermos terminales: en esos cursos llegaron a participar dos mil personas. Tenía especial importancia, porque el socialismo no tiene respuestas ante la muerte. Otra de mis competencias era la formación continua de los capellanes que desempeñaban su labor en los hospitales.

»Después de doce años en la empresa farmacéutica, en Cáritas me parecía estar en el cielo: allí no había la ideología que reinaba en otros campos. Incluso rezábamos el Ángelus al mediodía. Y añadíamos tres peticiones: por la paz del mundo, por la libertad de la Iglesia y por la unidad del pueblo. También rezábamos antes de comer. Y una vez al mes había una Misa especial para los trabajadores de Cáritas: la catedral se llenaba cada vez”.

Anton y Monika hablan también de los “círculos familiares” en las parroquias católicas. En la RDA cuando alguien terminaba la carrera no podía buscar trabajo, sino que era “delegado” a una empresa. Por eso, muchos no tenían familiares en Berlín y ese “círculo” era como una familia, donde se podía hablar abiertamente. Anton se emociona al recordar cómo, con ocasión del nacimiento del quinto hijo de una médico, casada con un ingeniero, organizaron el bautizo: con él se bautizaron 17 niños. “¡Fue increíble! Éste era otro de los ‘nichos’ donde los católicos podían vivir su fe”.

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»