20/07/2024

Heavy, en las drogas y el vandalismo, una monja le habló y fue «como ver a Dios»: hoy es sacerdote

Nacido en Madrid en una familia católica, José María -o el padre Chema, como le conocen- recuerda su infancia como «el niño mimado» de sus dos hermanas.  Fue a colegios católicos, tuvo una infancia feliz en familia, pero con la adolescencia y su entrada a un instituto sin educación religiosa, cambiaron sus hábitos, sus compañías y su misma fe.

Recuerda que entonces toda su vida giraba en torno a  un grupo de amigos unidos, en un principio, por diversos géneros del metal. La relación pronto derivó en frecuentes actos de vandalismo, destrozos y consumo de drogas.

Al principio era poca cosa. Quemaban contenedores, corrían para no ser descubiertos… Chema tardó en comprender que solo buscaba «desfogar algo que estaba buscando«. Pero entonces era su vida, en detrimento de una fe cada vez más menguada.

«Me planteaban preguntas sobre Dios y me di cuenta de que no tenía respuestas», confiesa en el canal de Mater Mundi. Movido por lo que creía que implicaba la coherencia, decidió renunciar a su «doble vida». No podía confesarse porque no se arrepentía de lo que hacía. «Quería seguir haciéndolo».

«Salvado» de los estragos del vandalismo y las drogas

Declaró a sus padres que no se confirmaría, tomó postura como agnóstico y renunció «a todo» lo que le habían transmitido. Incluso a sí mismo. Era el paso a 3º de Educación Secundaria cuando «mató» al chico sensible que le habían dicho que era y se hizo un voto.

«Nunca volvería a llorar. Anulé cualquier cosa que me pudiese emocionar y al final acabé anulándome a mí mismo«, relata.

Chema profundizó en un tipo de vida que no solo «no era cristiano», sino que también «era malo en muchas cosas».

Sus actos de vandalismo se incrementaron. En una ocasión, sus amigos fueron detenidos y multados en un caso que trascendió a la prensa.

Las drogas eran para su grupo de amigos una rutina. Recuerda una fiesta, cuando se encerraron él y dos amigos en un cuarto, como la noche que más marihuana consumió.

Chema (el primero de la izquierda), con sus amigos antes de regresar a la fe. 

«Eran las 3 o las 4 de la madrugada cuando tuve una certeza. Supe que me estaba riendo, pero que no era feliz. Que algo que me estaba engañando de esa manera no podía ser bueno.  Ese mismo día decidí no volver a consumir», recuerda. No tardó en conocer la Comunidad del Cenáculo y comprendió que lo que había sucedido aquella noche fue, con toda certeza, fruto de la oración que mantienen sus integrantes por otras personas con adicción.

«De heavy» y derrumbado por la gracia en Lourdes

Pero él no quería tener nada que ver con la fe, la religión o la Iglesia. Por eso le resultó especialmente difícil acudir a una peregrinación de familias a Lourdes. Se negó y sus padres le dijeron que no irían sin él, «pero no como una amenaza», sino como un dato: si él no estaba, la familia tampoco. No pudo negarse.

Y así llegó al santuario, sin saber qué hacía allí y por supuesto con su música y unas camisetas que, para algunos, desentonaban.

Por la noche, un fraile se sentó junto a ellos y contó su historia, «una vida tremenda» ante la cual Chema quedó emocionado: «Noté ese nudo de antes de llorar en la garganta al escucharle, me resistí, pero había un dato objetivo, que él tenía una alegría que yo no tenía«.

Lo siguiente fue como una reacción en cadena. «Una monja me dio un abrazo y sentí un amor brutal, me derribó», recuerda.

En ese momento le ofrecieron la posibilidad de confesarse. Explica bromeando que Dios usó su orgullo para confesarse, ya que solo tenía dos opciones, o irse, llorar y romper su voto o quedarse y reconciliarse con su fe.

Valora que en ningún momento le resultó asertivo o le ordenó «creer en Dios. Me dijo que buscase lo que mi corazón me estaba pidiendo. No me quería vender su producto, fue honesto y sincero… Me dio la absolución y me levanté lleno de paz y alegría. Todo me parecía feliz».

Chema, en pleno regreso a la fe y antes de conocer su vocación (a la izquerda). 

«Como estar cara a cara con Dios»

Chema no volvió a casa con fe, pero si impresionado. Era el mes de mayo y los que habían organizado la peregrinación pronto  irían a Medjugorje. Él «no sabía ni lo que era, solo que esa gente estaría allí», así que fue «con la excusa» de acompañar a su hermana.

Admite que nunca olvidará a una monja, joven, que se «pegó» a él nada más verle con sus camisetas y «hablaba de todo» mientras él se limitaba a escuchar. Hasta que en una adoración, ella le dio cinco piedras y le preguntó si conocía su significado, en referencia a las cinco piedras de Medjugorje -la Oración, Eucaristía, la lectura de la Biblia, el ayuno y la confesión-.

La religiosa no había terminado de enumerarlas cuando su «voto» particular de no llorar se «derrumbó» y algo dentro de él «se rompió: «Me caí de rodillas al suelo, llorando sin parar. No podía parar. Fue como estar delante de Dios cara a cara, con una paz y una alegría brutales. Como si mi corazón hubiese estado petrificado mucho tiempo y de repente una bola de demoliciones hiciese saltar la piedra en mil pedazos«.

Cuando regresó a Madrid era otra persona y todo había cambiado. Recuerda el momento en el que empezó a admirar como las naciones rendían culto a Dios en la consagración de Medjugorje y supo que «no podía ser malo». Algo muy distinto a su «vandalismo favorito» practicado hasta no hacía mucho, quemar la bandera en la plaza de su pueblo.

«Tú tienes cara de fraile»

También, nada más llegar, renunció de nuevo ante sus amigos a consumir drogas «más fuertes» y comenzó un proceso en el que le atraía todo lo relacionado con Dios. Y comer con su familia ya no era motivo de tensión o incomodidad, sino que «ahora estaba a gusto».

Sus notas seguían siendo malas. Pero «ya no era por la fiesta, sino porque no podía pensar en otra cosa que ir con los frailes a los encuentros de Murcia del padre Francisco».

No había pasado mucho tiempo desde  su regreso cuando en el encuentro de familias de Murcia al que fue con unos religosos, una monja le dijo «medio en broma» que tenía «cara de fraile».

«Empezó a ser para mí una posibilidad en la que nunca había entrado… y me puse a llorar otra vez. Empecé a planteármelo. Quería entrar, todo lo que era Dios y los frailes me gustaban y lo que era el mundo y las amistades ya no me llenaban», le dijo a uno de los religiosos.

Todas las piezas del puzle encajaron en Schola

Los superiores de la orden le recomendaron «paciencia». Se matriculó en Filosofía y meditó en su vocación dos años hasta que en segundo de carrera un amigo le presentó lo que recuerda entre risas como «un grupo de gente que se junta a hablar del fin del mundo«. Se refería a Schola Cordis Iesu, un grupo de fieles y sacerdotes nacido en Barcelona basado en la devoción al Sagrado Corazón, la Adoración y la Teología de la Historia.

Tras un primer acercamiento, Chema accedió a ir a unos ejercicios espirituales de Schola con los sacerdotes Santiago Arellano y José María Alsina. Recuerda una anécdota de este último que «le rompió» los esquemas… y solventó sus dudas. El sacerdote acababa de impartir la absolución a un moribundo, al que después diría bromeando que le mandó «a tomar café con San Pedro«.  

Aunque «puede parecer una tontería», recuerda que «todas las piezas del puzle encajaron en esa frase. Todo lo que deseaba en mi corazón, aquello que me dijo el sacerdote al confesarme, era ser sacerdote. Mandar a la gente a tomar café con San Pedro. Ser su secretario».

Decidido, Chema acabó Filosofía, entró al seminario de La Hermandad de Hijos de Nuestra Señora del Sagrado Corazón -de los sacerdotes que llevan Schola- y se ordenó sacerdote. Desde entonces, dice, nunca ha dudado de su vocación y recuerda la administración de la Eucaristía y la confesión como los momentos más felices de su vida.

Concluye con una anécdota que lo refleja, recién ordenado. «Un chico se vino a confesar en Navarra. Estaba todo nublado. Le fui a dar la absolución y en ese momento salió un rayo de luz de las nubes que pasó por mis manos hasta su cabeza. Ahí el Señor me dijo: `Para que  veas lo que tienes entre manos´. Ser sacerdote es tremendo. Es lo mejor«, concluye.

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»