23/02/2024

La bilocación de Don Dolindo para salvar «in extremis» a un apóstata que se estaba ahogando

La devoción al sacerdote napolitano Dolindo Ruotolo (1882-1970) y a su Oración de Abandono (ver abajo) se va extendiendo fuera de Italia, por ejemplo en español con la publicación de la biografía Jesús, ocúpate tú (Voz de Papel), o en Estados Unidos con artículos como el reciente de Maura Roan McKeegan, una experta en su vida, en Catholic Exchange.

Cómo Don Dolindo salvó un alma en Estados Unidos

El Siervo de Dios Don Dolindo Ruotolo -el gentil, brillante y sufrido sacerdote a través del cual Jesús nos dio las palabras de la Novena del Abandono- tenía dones espirituales y experiencias que muchas personas categorizarían como fenómenos extraordinarios. Recibía visitas de Jesús, María y los ángeles; podía leer las almas y profetizar; y, como en la siguiente historia, se bilocaba.

La fuerza del sacerdocio

Sin embargo, para Don Dolindo, estos hechos no eran extraordinarios en absoluto, y no se consideraba un alma singularmente elevada (de hecho, era todo lo contrario: se consideraba humilde y necio, un «pobre instrumento en manos de Dios»). Más bien creía que las marcas sobrenaturales de su vida fluían directamente de su sacerdocio.

«Jesús no se me reveló de un modo extraordinario, sino simplemente intensificando el cauce ordinario de mi personalidad sacerdotal«, explica en la autobiografía que escribió obedeciendo a sus confesores en 1923: «Él me ayudaba, me fortalecía y operaba en mí a través de mi sacerdocio».

«Es decir, la actividad de Jesús no era un acto de misticismo extraordinario, sino Jesús actuando a través del sacerdocio».

Don Dolindo desaconsejaba incluso la búsqueda de lo extraordinario y fantástico, y animaba a buscar la santidad a través de los medios ordinarios y totalmente accesibles de la Iglesia y sus sacramentos.

«Cuando oigo historias de sucesos extravagantes -lo admito con cierta perplejidad-, reacciono con cierto escepticismo e incredulidad«, escribe Don Dolindo en su autobiografía. «Muy a menudo no he acabado de leer libros en los que se relataban visiones, éxtasis y cuentos extravagantes. Esta aversión mía no era, sin embargo, el resultado de una perspectiva materialista, sino más bien porque deseaba estar seguro de la verdad. En lugar de lo extraordinario siempre he preferido lo normal y corriente».

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Así, desde la perspectiva de Don Dolindo, todos los dones espirituales que recibía eran extensiones de su sacerdocio sacramental. Mientras que otros podrían considerar estos acontecimientos extraordinarios, él los veía como canales ordinarios de la gracia de Dios que obraba a través de su sacerdocio para salvar almas.

Una de esas almas fue un hombre llamado Federico.

A punto de morir

Una noche de 1908, Don Dolindo se paseaba por su habitación y rezaba, totalmente despierto y alerta, cuando de repente le invadió la necesidad de acostarse.

Se tumbó en la cama y se adormiló, pero no se durmió de un modo normal.

«Definitivamente, no estaba realmente dormido«, dijo más tarde, al relatar la historia en su autobiografía.

Entonces, en un instante, tuvo la sensación de que estaba en Estados Unidos. Se encontró cerca de un lago, donde alguien se estaba ahogando.

Reconoció al hombre que se ahogaba como alguien que había conocido durante su noviciado. Por aquel entonces, el hombre había sido su guía turístico -a los guías turísticos se les llamaba «ángeles de la guarda»- en la Comunidad Misionera.

Don Dolindo sacó del agua a su «ángel de la guarda», un hombre llamado Federico Santaniello, y lo absolvió. Así, el hombre se reconcilió con Dios.

 

Al instante siguiente, Dolindo se levantó bruscamente de la cama. Todo rastro de somnolencia había desaparecido; de nuevo estaba completamente despierto y alerta.

Con escalofríos, Dolindo recordó que Federico, tiempo atrás, había apostatado y se había ido a Estados Unidos. Además, también recordaba haber rezado y rogado a Dios en el pasado para que le permitiera traer a Federico «de nuevo a su gracia» antes de que muriera.

Más tarde, Dolindo supo que, efectivamente, Federico había muerto en Estados Unidos; y no solo eso, sino que un campesino que había estado en este país en aquella época testificó que había visto allí a don Dolindo.

«Nunca he estado en Estados Unidos», escribe Don Dolindo en su autobiografía. «Sé y doy fe de que el Señor me llevó allí para salvar aquella alma».

La Oración de Abandono

Mientras escribo este artículo en 2023, un siglo después de que Don Dolindo contara esta historia en su autobiografía, se me ocurre que lo que le ocurrió en 1908 no es solo un acontecimiento del pasado, sino una profecía -o al menos, una señal- de lo que está ocurriendo con Don Dolindo en Estados Unidos hoy.

 

La ‘Oración de Abandono’ de Don Dolindo. Ver abajo el texto completo.

A través de las palabras de la Novena del Abandono, personas de todo el país están recibiendo una nueva esperanza, una nueva luz, una nueva vida. Almas que se estaban ahogando espiritualmente están siendo arrastradas a la orilla y reconciliadas con Dios. Del mismo modo que Don Dolindo fue enviado a Estados Unidos para rescatar a Federico, creo que también está siendo enviado, un siglo después, para ayudar a revivir a muchas más almas, para llevar la gracia de Dios a sus vidas exactamente del modo en que cada alma individual más lo necesita.

Federico fue, creo, la primera de muchas, muchas almas que Don Dolindo llevaría a Dios en Estados Unidos.

Traducido por Verbum Caro.

‘Oración de Abandono’ de Don Dolindo

Jesús a las almas:

¿Por qué os confundís agitándoos? Dejadme a mí el cuidado de vuestras cosas y todo se calmará. Os digo en verdad que cada acto de verdadero, ciego, completo abandono en mí, produce el efecto que deseáis y resuelve las situaciones espinosas.

Abandonarse a mí no significa romperse la cabeza, descomponerse y dispersarse, dirigiendo después a mí una oración agitada para que yo os siga, y cambiar así la agitación en oración. Abandonarse significa cerrar plácidamente los ojos del alma, apartar el pensamiento de la tribulación, y arrojarse en mí para que yo solo os haga encontrar, como niños dormidos en los brazos maternos, en la otra orilla.

Lo que os descompone y os hace un mal inmenso es vuestro razonamiento, vuestro pensamiento, vuestro apremio y el querer a toda costa proveer vosotros a eso que os aflige.

¡Cuántas cosas obro yo cuando el alma, tanto en sus necesidades espirituales como en las necesidades materiales, se dirige a mí, me mira, y diciéndome: “Ocúpate tú”, cierra los ojos y descansa! Tenéis pocas gracias cuando os agobiáis para producirlas, tenéis muchísimas cuando la oración es abandono total en mí. Vosotros en el sufrimiento rezáis para que yo actúe, pero para que yo actúe como vosotros creéis…

No os dirigís a mí, sino que queréis vosotros que yo me adapte a vuestras ideas; no sois enfermos que piden al médico la curación, sino que se la sugieren. No hagáis así, sino rezad como os he enseñado en el Pater: “Sea santificado tu nombre”, es decir seas glorificado en esta necesidad mía; “Venga tu Reino”, es decir que todo concurra a tu reino en nosotros y en el mundo; “Hágase tu Voluntad”, o sea “Ocúpate Tú”.

Si me decís de verdad “Hágase tu Voluntad”, que es lo mismo que decir “Ocúpate Tú”, yo intervengo con toda mi omnipotencia, y resuelvo las situaciones más cerradas. ¿Tú ves que la desgracia acosa en lugar de decaer? No te agites, cierra los ojos y dime con confianza: “Hágase tu Voluntad, ocúpate Tú”. Te digo que yo me ocupo, que intervengo como médico y hago incluso un milagro cuando es necesario. ¿Tú ves que el enfermo empeora? No te descompongas, sino cierra los ojos y di: “Ocúpate Tú”. Te digo que yo me ocupo.

Son contra el abandono la preocupación, la agitación y el querer pensar en las consecuencias de un hecho. Es como la confusión que causan los chicos, que pretenden que la madre piense en sus necesidades, y quieren ocuparse ellos, interrumpiendo con sus ideas y sus caprichos infantiles su trabajo.

Me ocupo solo cuando cerráis los ojos. Vosotros no dormís, queréis valorar todo, escrutar todo, confiando solo en los hombres. Vosotros queréis pensar en todo, y os abandonáis así a las fuerzas humanas, o peor, a los hombres, confiando en su intervención. Es esto lo que interrumpe mis palabras y mis visiones de las cosas. ¡Oh, cómo yo deseo de vosotros este abandono para beneficiaros, y cómo me aflijo viéndoos agitados! Satanás tiende precisamente a esto: a agitaros para sustraeros a mi acción y arrojaros en presa de las iniciativas humanas. Confiad por tanto solo en mí, reposad en mí, abandonaos en mí en todo. Yo hago milagros en proporción al pleno abandono en mí, y del ningún pensamiento vuestro; ¡yo derramo tesoros de gracias cuando vosotros estáis en la plena pobreza! Si tenéis vuestros resortes, aunque sean pocos, o si los buscáis, estáis en el campo natural, y seguís por tanto el recorrido natural de las cosas, que está con frecuencia distorsionado por Satanás. Ningún razonador o ponderador ha hecho milagros, ni siquiera entre los santos.

Obra divinamente quien se abandona en Dios.

Cuando veas que las cosas se complican, di con los ojos del alma cerrados: “Jesús, ocúpate Tú”.

Y distráete, porque tu mente es aguda… y para ti es difícil ver el mal. Confía en mí con frecuencia, distrayéndote de ti mismo. Haz así para todas tus necesidades. Haced así todos, y veréis grandes, continuos y silenciosos milagros. Os lo juro por mi amor. Yo me ocuparé, os lo aseguro. Orad siempre con esta disposición de abandono, y tendréis de ella grande paz y grande fruto, incluso cuando yo os hago la gracia de la inmolación de reparación y de amor que impone el sufrimiento. ¿Te parece imposible? Cierra los ojos y di con toda el alma: “Jesús, ocúpate Tú”. No temas, me ocupo yo. Y tú bendecirás mi nombre humillándote. Mil oraciones no valen tanto como un solo acto de confiado abandono: recuérdalo bien. No hay novena más eficaz que ésta: “¡Oh, Jesús, me abandono en ti, ocúpate Tú!”

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»