20/07/2024

«La lucha frontal es contra el modernismo, la infiltración de la ideología masónica en la Iglesia»

La Iglesia vive tiempos convulsos y también sufre una fuerte secularización en Occidente, lo que provoca que muchos creyentes caigan en el desánimo ante una crisis sin precedente. Sin embargo, la historiadora Angela Pellicciari, autora entre otros libros de Una historia de la Iglesia (BAC) pone de manifiesto en una entrevista con Javier Lozano en la Revista Misión, destinada a familias católicas y de suscripción gratuita, que en la historia de la Iglesia se han vivido situaciones aún más complicadas.

-¿Es la historia de la Iglesia una historia de persecución?

-Así lo dice Jesús. Cuando Pedro le pregunta cuál será el premio que recibirán los apóstoles por haberlo dejado todo, Jesús responde: “No hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones– y en la edad futura, la vida eterna” (Marcos 10, 29-30).

-¿Quiénes cree que han sido los mayores enemigos de la Iglesia?

-El único verdaderamente mortal es Satanás. El engaño que nos anuncia es de tipo gnóstico. Así que en el primer puesto situaría a la gnosis, la pretensión de hacernos Dios nosotros mismos definiendo el bien y el mal. Pero el único camino que tenemos para alcanzar la auténtica sabiduría es la obediencia a Dios y al Magisterio. La Iglesia ha combatido constantemente la gnosis en sus diversas variantes. Todas tienen un denominador común: el desprecio por la Creación, y por tanto por la carne. En los últimos siglos, el Magisterio contra la masonería (la costilla moderna de la gnosis) y sus consecuencias revolucionarias han sido ejemplares.

-¿Cuáles han sido los momentos más críticos en la Iglesia?

-El primer momento de gran dificultad para la Iglesia fue el saqueo de Roma por el bárbaro Alarico en el año 410. Todos creían que Roma era eterna, inexpugnable.  Y, sin embargo, Roma cayó pocos años después de su conversión oficial al cristianismo. Los paganos atribuyeron la culpa de este acontecimiento inconcebible a los cristianos. La acusación era aparentemente creíble, por eso era necesario que los cristianos respondiesen defendiendo a la vez su fe y lo mejor de la cultura grecorromana. Respondió san Agustín con La Ciudad de Dios. Una obra magnífica.

-¿Alguno más reseñable?

-En el primer milenio, la Iglesia tuvo que defenderse del Imperio romano de Oriente, que impulsó una serie de herejías con la pretensión de dictar la ley también en el ámbito espiritual. En el segundo milenio llegó la catástrofe del traslado del papado a Aviñón. A partir de aquí el virus del nacionalismo intoxicó el mundo cristiano. En el siglo XVI llegó Lutero, el mayor revolucionario del segundo milenio y que provocó la creación de muchas iglesias nacionales sometidas al rey. Fue devastador.

-¿Y más adelante?

En el siglo XIX los enemigos de la Iglesia creyeron que el final de la Iglesia estaba realmente próximo. El nacionalismo fue utilizado para acabar con los estados pontificios. Sólo la santidad de Pío IX impidió que los católicos de todo el mundo vivieran la pérdida del estado pontificio como el derrumbamiento de la fe. La proclamación de la infalibilidad pontificia en el Concilio Vaticano I (1870), mientras Roma estaba rodeada por un ejército de fieras anticatólicas, envalentonó al rebaño despreciado y vencido. ¡Valor!, quiso proclamar al mundo Pío IX.

-¿Cómo acabó saliendo la Iglesia de esta gran crisis?

-Recurriendo a las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Por ejemplo, san Agustín ejerció la caridad espiritual al máximo nivel, mientras que Pío ix lo hizo en términos de un perdón incondicional y para siempre: invitó a los católicos a no responder al mal con mal. Y así se hizo. Que el Papa fuese reducido a prisionero, o las enormes injusticias, mentiras y rapiñas… todo se perdonó aceptando, el Papa el primero, la cruz que el Señor les había puesto delante. Perdonando, pero no plegándose a la mentira de llamar bien al mal. Pío ix no dejó ni un momento de documentar la verdad con las muchas cartas que escribió sobre las mentiras difundidas por la masonería triunfante.

-¿En cada época Dios ha suscitado santos para ayudar a la Iglesia?

-Para responderle tendría que escribir un libro. Me limito a citar tres ejemplos. San Benito tuvo una intuición genial: fundó monasterios donde los monjes llevaran una vida santa, consagrados a la oración y al trabajo. Sus vidas, la belleza de sus iglesias y conventos, el espíritu emprendedor y científico que impregnaba su vida interrogó y fascinó a los bárbaros invasores, que se convirtieron. El monacato benedictino fue el ariete de la evangelización y de la romanización de los bárbaros, origen de lo que llamamos Europa. A partir de entonces la población aumentó y las ciudades se repoblaron.

-¿Qué ocurrió entonces?

-Llegó un momento en que los monasterios lejos de los centros urbanos ya no eran suficientes, hacían falta cristianos itinerantes. Aquí viene el genio de san Francisco, que imprimió un carácter cristiano a ese mundo en movimiento que se sentía atraído por la propaganda sectaria de los cátaros, que se creían “puros”. Con las órdenes mendicantes, la Iglesia mostró quiénes son los auténticos “puros”.

-¿Y cuál sería el tercer ejemplo?

En el siglo XV Europa estaba a punto de descubrir nuevos continentes. En este caso, el personaje del que Dios se sirve es una mujer: la reina Isabel de Castilla. Reformó la Iglesia décadas antes del Concilio de Trento e hizo posible la formación de una Iglesia de santos dispuesta a evangelizar un continente entero. Es increíble: ¡Isabel aún no ha sido declarada santa!

-Ha habido momentos críticos, pero también de gran esplendor…

-Satanás ataca a la Iglesia en dos frentes: el externo, con la pesadilla de las torturas y de la muerte, y el interno, con la trampa de las herejías. En cuanto a la victoria sobre la muerte basta echar una ojeada a la historia donde los cristianos han vencido al aceptar en paz el martirio. En mi opinión, no hay “esplendor” mayor que este. Y es precisamente de esta santidad, de este amor de Dios, de donde deriva la belleza de la que siempre se ha rodeado la Iglesia.

-¿Cómo ve la Iglesia hoy?

Desde hace tiempo la lucha frontal es contra el modernismo, el cual, en mi opinión, no es sino la infiltración de la ideología masónica en el interior de la Iglesia. El modernismo propone cambiar la Iglesia, alineándola con la evolución científica de los tiempos. Hoy, conferencias episcopales enteras y muchos obispos querrían cambiar la doctrina moral. Sería el fin del cristianismo. Jesús no sólo se encarnó, sino que sufrió una muerte atroz para que pudiésemos escapar de la muerte, consecuencia del pecado original. ¿Seguiremos nosotros queriendo decidir qué es el bien y qué es el mal en el ámbito sexual, cayendo de nuevo en el pecado de Eva que conduce a la muerte?

-¿Debemos perder la esperanza?

¡Cristo ha resucitado, ha vencido al mundo! Esta es la esperanza que, contra toda esperanza, da a los cristianos la posibilidad de vencer el miedo a la muerte y de no ceder al desaliento en las persecuciones. Cuanto más se estudia la historia de la Iglesia, más se da uno cuenta de que Cristo realmente ha vencido. De no haber sido así, la Iglesia, con todo el odio que la rodea, habría desaparecido hace tiempo.

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»