16/06/2024

Los consejos de «Red de Redes» para vivir la pobreza evangélica: ni es «miseria» ni es «cutrez»

Cuando se habla de la pobreza, más de uno nos ponemos nerviosos. Son muchos los santos que han reflexionado sobre ella, como un puntal fundamental de la vida cristiana, pero todavía queda mucho que decir. Por eso, los tres sacerdotes de Red de Redes, el programa de catequesis semanal de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP), dedican el capítulo más reciente a esta cuestión.

Antonio Maria Domenech, Patxi Bronchalo y Jesús Silva arrancan con una declaración de intenciones: “En el Evangelio, Jesucristo nos enseña con su vida que para ser perfectos podemos seguir tres consejos, que son la obediencia, la castidad y la pobreza”, apunta Domenech. Y Silva añade que esto no son votos: “Una monja hace voto de pobreza, castidad y obediencia, y un cura diocesano, una promesa de obediencia y celibato… pero los consejos evangélicos son para to’ quisqui, para todos”.

Pobreza, no miseria

Domenech también realiza una distinción inicial: “Ser pobre no es lo mismo que ser miserable”. Este último sería quien no tiene lo necesario para vivir, aquel a quien le falta techo, comida o ropa. “O sea, que en realidad no hay que acabar con la pobreza, sino con la miseria”, reflexiona Bronchalo, y Silva lo corrobora: “Hay que huir de la miseria, y tener lo suficiente para vivir y dar de comer a los míos”.

La pobreza, para todos

Los sacerdotes destacan que la pobreza evangélica es un llamado para todos, sea cual sea nuestro estado de vida. “En un primer lugar, consiste en conformarse con lo que uno tiene, y no querer aquello que está fuera de nuestro estado de vida o condición”, dice Domenech. “La norma es dar de limosna todo lo que te sobre, pero el discernimiento no tiene normas fijas”, señala Silva.

En clave evangélica, los presentadores de Red de Redes recuerdan el pasaje que recogen tanto Marcos como Lucas de la viuda que fue al templo y echó como ofrenda dos pequeñas monedas. “En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie, porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”, dice Jesús. “Él no dice que todos tengamos que hacer como la viuda, pero sí que ella ha echado más”, comenta Silva.

Lo necesario, lo conveniente y lo superfluo

También —añade Domenech— hay que distinguir entre lo necesario, lo conveniente y lo superfluo, que es “aquello que no te hace ninguna falta, como la tele en la cocina o la segunda Thermomix”, ironiza Domenech. “La sociedad de consumo se mueve así, creándonos necesidades”, advierte Bronchalo. “Lo superfluo mata el espíritu y es siempre un atentado contra los pobres, porque estás gastando un dinero que podrías usar para ayudarles”, lamenta Silva.

Tras este primer paso —“fuera lo superfluo”, dice Silva—, viene discernir qué hacer con lo conveniente, que varía según el caso y depende de la vida de cada uno: “Es conveniente que una familia numerosa se compre una furgoneta pero a lo mejor no lo es que una persona sin hijos se compre un Porsche”, explica Silva. “No se pueden sacar normas fijas, estables y rígidas sobre la pobreza: hay que ver en cada situación a qué te llama Dios”, repite.

¿Cuándo prescindir de lo necesario?

“Hay ocasiones, como en Cuaresma, Adviento o en la etapa de educar a los hijos, en que puede ser bueno prescindir de lo necesario, para que nos ayude a apreciar lo que tenemos y dar gracias a Dios”, dice Domenech, y Bronchalo plantea que esta perspectiva puede ser “un buen criterio” para elegir penitencias cuaresmales: “Puedo preguntarme ¿en qué cosas necesarias estoy poniendo demasiado el corazón?, porque no solo se educa el alma cuando se es un niño”.

La pobreza espiritual

“El objetivo final es la pobreza espiritual”, recuerda Silva, trayendo a colación las bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. El pobre espiritual es, señala, “aquel que se reconoce pecador, y reconoce que Cristo es su mayor riqueza, que nada fuera de Él puede llenar su corazón y que está dispuesto a vivir desprendidamente: es la cumbre de la santidad, en relación a la pobreza”.

«No es lo mismo ser pobre de espíritu que tener un espíritu pobre, ni hay que confundir pobreza con cutrez», afirman los sacerdotes de Red de redes Jesús Silva, Antonio Maria Domenech y Patxi Bronchalo. 

En este sentido, desprenderse de lo superfluo, lo conveniente e incluso en ocasiones de lo necesario puede ser “un signo” de que no solo de pan vive el hombre. Ahora bien, “no es lo mismo ser pobre de espíritu que tener un espíritu pobre”, advierte Domenech. Pide a los católicos no ser pusilánimes, sino magnánimos, de corazón grande, abiertos a hacer lo que Dios pida. “Encogerse no es bueno”, afirma.

“Pobreza no es cutrez”

En la misma línea, Bronchalo señala que “no hay que confundir pobreza con cutrez”, y Domenech añade que “las cosas de Dios hay que hacerlas lo mejor posible”. No se trata, de decir que, “como soy pobre, no pintaremos la Iglesia ni renovaremos las ventanas”. “¡No! Para Dios lo mejor, y para tu familia, también”, dice. Además, dice Bronchalo, hacer las cosas mal para los demás no encaja con la dignidad que recibimos en el bautismo, por el que somos sacerdotes, profetas y reyes.

El capítulo concluye, como es habitual, con una tanda de recomendaciones. Domenech recomienda leer la biografía y los escritos de san Francisco de Asís, modelo de pobreza. Al hilo, Bronchalo recomienda el libro Sabiduría de un pobre, de Eloi Leclerc, y Silva, investigar la vida de san Isidro Labrador desde la perspectiva de la pobreza, vivida en su matrimonio con santa María de la Cabeza.

PUBLICADO ANTES EN «RELIGIÓN EN LIBERTAD»