16/06/2024

Me amó y se entregó por mí

Comentamos el evangelio de la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén, cómo entró en la ciudad santa para morir e instaurar definitivamente el reino de Dios.

La importancia de esta entrada es grande, Cristo entra en Jerusalén para morir, pero recibe el homenaje del pueblo que lo reconoce como mesías. El que tantas veces había rechazado que se le aclamará como mesías o como rey, el mismo que tantas veces había prohibido a los que habían sido beneficiados de sus curaciones o de sus milagros que dijeran nada sobre él, ahora entra en Jerusalén y se deja aclamar como el mesías – rey esperado.

¿Por qué este cambio? Porque ha llegado “su hora”. No podía adelantarla pero tampoco nada podía posponerla. Jesús sube desde Jericó hasta Jerusalén, como tantas veces ha hecho en las peregrinaciones anuales con motivo de la Pascua. Llegó en este camino a Betania seis días antes de la Pascua. Desde allí se dirigirá a Jerusalén, pasando por Betfagé, cerca del monte de los olivos.

Cuando Jesús fue con sus discípulos de Betania a Jerusalén, ve “la aldea de enfrente” y manda a dos de sus discípulos que vayan y desaten y traigan a un pollino sobre el cual nadie había montado antes, para indicar el honor de llevar al mesías; y les dice que si alguien les dijera algo que le respondieran así: que el señor lo necesita. Ya estaba anunciado en Zacarías, el mesías haría su entrada triunfal en Jerusalén, sin poder, ni armas, sino montado en un  pollino, hijo de asna. Porque se trata del mesías que viene a implantar su reino de paz.

La creencia de los maestros de su época es que si Israel se encontraba en ese momento limpio de pecado, entonces el mesías vendría sobre las nubes, como había profetizado Daniel; pero en caso contrario, si el pueblo estaba sumido en el pecado, en la idolatría, el mesías vendría sobre un asno tal y como había anunciado Zacarías.

Cuando alguien cercano a sus propietarios les pregunta por qué desatan al pollino, sus dueños sintieron como un honor prestar así un servicio a Jesus. El poner sus mantos sobre los animales era señal de honor y un reconocimiento implícito de su realeza.

Acompañando a Jesús va el grupo de sus discípulos, pero de repente se ven rodeados por otra gente que sale para recibirle, aquellos mismos que habían sido testigos del milagro de la resurrección de Lázaro y que querían aclamarlo. Cuando estaba ya cerca, bajando por el monte de los olivos, el entusiasmo de la gente empezó a desbordarse. En ese momento se encontraron con otros hombres que habían venido a la pascua y que al saber que llegaba Jesús se unieron con emoción. Se cortaron ramas de los árboles,  se tomaron ramos de las palmeras y se cubrió con ellos el camino, también muchos extendían sus mantos sobre el suelo, como hacían los judíos en señal de homenaje.

Entonces se empezó a escuchar la aclamación: ¡Hosanna! Es el grito de júbilo, como un “viva” que resuena en la tierra y en el cielo. ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor ! ¡Hosanna al hijo de David! ¡viva!¡bendito el que viene en el nombre del Señor!

Hoy la pregunta es muy previsible. Si Jesus pasa por delante de ti y te mira… ¿qué le vas a decir? ¿Qué quieres que haga él por ti? ¿Le vas a entregar tus miedos, tus pecados, tus ataduras? ¿Y cuáles son estas? Él entra en Jerusalén por ti y si quieres también contigo. Él va como un valiente a acabar con tus miedos. Él es el cordero que se va a ofrecer a sí mismo para lavar tus pecados en su sangre. Él es el libertador que te va soltar las cadenas y va a abrir las puertas de tu cárcel particular. Ve con él. No lo dejes solo.